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Una labor de amor

     Me acuerdo de cómo empezó todo; parece que fue ayer.
   Era una de esas reuniones del grupo literario El Cuaderno Rojo. Estábamos hablando de actividades futuras cuando Jordi Llobregat nos mostró un power point que trazaba las líneas maestras de un festival de género negro a realizar en la ciudad de Valencia para el siguiente año. Atravesábamos los estertores del verano de 2012, y Jordi proponía anunciarlo oficialmente apenas unos meses después. Y la primera edición sería en mayo de 2013. Era una locura. Sin embargo, unos cuantos nos apuntamos al proyecto, ignorantes de a dónde podrían llevarnos nuestros pasos.
    32 meses y 3 ediciones después, el balance es 105 actividades realizadas y de 124 participantes en total, un festival que va encontrando su público año tras año. Y un sueño, de esos que uno no cree posible cuando lo sueña solo.
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  En esta edición, debo confesar que me he emocionado con Bernardo Carrión, entrevistando con diligencia a nuestros invitados; Marina López, en su traducción fervorosa de la maravillosa charla de Yasmina Khadra; Jordi Llobregat, perdiendo horas y horas de sueño en pos de la perfección; María, siempre atenta a cada pequeño detalle; Javier, nuestro becario cum-laude, los voluntarios, volcados en un proyecto tan exigente a cambio de tan poco; la dedicación y cariño, en definitiva, del resto de colaboradores y sobre todo del público, de ese público que responde de manera creciente, cada año, y que parece no tener techo.
  Tantos recursos propios y de empresa empleados, horas robadas a quienes viven con nosotros, con reconocimiento o sin él, porque distamos de ser un festival perfecto, aunque en ello estamos. Es un intercambio descabellado, un pacto absurdo, que solo puede entenderse por lo siguiente: Valencia Negra es el resultado de una labor de amor. 
     En estos tiempos oscuros, la cultura nos parece a muchos el único remedio posible contra la falta de valoración crítica. La cultura no solo nos entretiene, nos ayuda a saber decidir mejor, a entendernos mejor. Y nos hace tanta falta. Igual que el amor. Somos una sociedad crispada y airada, no diré que sin motivos, pero con una proyección de nuestros instintos que amortigua el hecho de lo que somos: criaturas sociales destinadas a convivir juntas más que a enfrentarnos. Valencia Negra es solo un granito de arena para este propósito; hay muchas otras iniciativas, y mucho más relevantes, pero precisamente por eso reivindico este esfuerzo desinteresado que intenta de manera descabellada (y a veces exitosa) inspirar y dar fuerzas. Patrimonio de quien se atreva más a dar que a recibir. Una labor de amor de todos los que participan en ella.
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