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Y ahora sigue con tu vida

A veces, la Parca se te queda mirando y te pega un tirón de orejas: “¿Qué haces ignorándome? ¡Eh! ¡Estoy aquí! Hazme caso, que soy poca broma”. Te puede pasar en cualquier sitio, en cualquier momento, solo existe una característica común: nunca te viene bien. Puede pillarte en medio de un festival de novela negra, por ejemplo, donde vas lleno de ilusión por poder compartir tu obra con otros, por reencontrarte con gente estupenda que echas de menos, por descubrir a gente nueva. Entonces una llamada, una sola llamada al teléfono, un par de frases enunciadas con una fatalidad no exenta de firmeza, y de repente el bonito castillo de naipes que es tu vida de espaldas a la muerte se viene abajo.

Dejar el hotel a toda prisa. Olvidar algo valioso y necesario en la habitación, cosa que recuerdas mucho más tarde. El camino de vuelta a tu casa, donde tienes que pasar el trago de decirle a tu anciana madre que, una vez más, una de sus hermanas, un ser humano extraordinario al que estaba terriblemente unido, se ha ido para siempre. La charla trivial cuando llegas a casa, las excusas que inventas para explicar el porqué de tu regreso precipitado. El momento en el que se lo dices. El estupor de su rostro, las lágrimas, los gemidos. La llegada del resto de la pequeña unidad familiar. Hacer de nuevo la maleta para un viaje nocturno de cuatro horas hasta el epicentro de la tragedia.

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Las largas horas de viaje en el asiento trasero, junto a tu madre. La marca de la muerte en su rostro, en su aliento contenido, en los movimientos de sus labios que son como un diálogo con la oscuridad. La cosas que no te dice. La llegada en medio de la madrugada, cansados, exhaustos, rotos. Las lágrimas de tu madre, que arrecian al entrar donde ella no se atreve. La charla práctica, qué sucedió, cuándo, donde, por qué… por qué no se pregunta nunca, en el fondo todos lo sabemos. Las breves horas de sueño en los sillones del tanatorio.

La mañana llega y, hasta el cubículo de hormigón destinado a tal fin, piadosamente rodeado por jardines, va llegando el resto de la gran familia, tan dispersa, una diáspora genética inmerecida. El dispensador de pañuelos de celulosa frente al féretro. Los asientos que cada día ocupan a gente como nosotros. Los abrazos, las mejillas masculinas que no sueles besar, pero estos son tu familia. Las frases habituales: “Qué pena que nos veamos en estas…”, “Creo que no sufrió cuando…”, “La misa es a las…”. Poco a poco, las miradas fúnebres, los gestos alicaídos, van recuperándose. Hay alguna broma, hay alguna risa. Se cuentan historias que todos recordamos. Empieza a parecer que estamos celebrando otra cosa. Así somos los seres humanos, no resistimos la pena durante mucho tiempo.

Llega el momento de arreglarse para la ceremonia. Dudas sobre la indumentaria adecuada. Te colocas donde molestas menos, te concentras en ser una columna de carne solidaria y respetuosa. De nuevo las lágrimas. Alguien sufre un arrebato por la emoción, un ataque inesperado. La liturgia por el fallecido se convierte en una improvisada sala de urgencias. Se retoma el rito religioso. No es mucho, pero es algo solemne a lo que agarrarse. Acompañas a tu madre al ultimo adiós. Comienzan otro tipo de despedidas. Aprovechas para hablar con familiares que no sueles ver, te vas a comer, te vas a cenar. Te haces la ilusión de que has hecho ese viaje por que has querido. De alguna manera, sacas algo bueno de algo malo. Ya casi ni duele.

Al fin, te toca volver. Las últimas despedidas, en tono más festivo. Las promesas de no vernos de nuevo en semejante situación. La falta de certeza de si vas a poder cumplirlo. Las horas del coche de vuelta, largas, extenuantes. Las ganas de volver a tu hogar. De recuperar de tu vida. De olvidar que todo esto ha pasado. Que todo volverá a repetirse.

Tras otro viaje llegas a tu calle. Descargas el equipaje. Piensas en lo que harás mañana. En lo que no has podido hacer. De repente escuchas el chillido de unos neumáticos y un coche derrapa a menos de un metro de ti. Te quedas helado. Piensas en lo que acaba de pasar. En lo que podía haber pasado. Te parece escuchar una vocecilla que gira en torno a tu cabeza, y sientes un golpecito en la nuca. Es la Parca, que te pega una colleja mientras entona con voz levemente irritada: “¡Eh! ¡Estoy aquí! No pienso irme muy lejos. Cuidado conmigo, que tengo poca paciencia”.

Y ahora sigue con tu vida.

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Llamadle Ismael (A true story)

Sobre la mandíbula afilada se le amontona una barba rala que le proporciona aspecto de marinero viejo, del que conoce cada habitáculo del Pequod en persecución de la gran ballena blanca. Hay algo en su porte, en la atención con la que se inclina sobre el libro que sostiene, que recuerda a los arponeros de la cofradía de Nuntacket, sin prisa, pero con la afectada solemnidad del que en cada tarea realiza una liturgia para la eternidad.

Cada vez que salgo del metro me lo encuentro sentado en la misma puerta de un comercio cerrado. Se sienta sobre una gastada bolsa deportiva que contiene las pertenencias que no se encuentran en el carrito de supermercado que siempre gravita cerca de él. Lee. A veces paso a su lado dos o tres veces al día, y compruebo como la marca de su lectura avanza. Jamás levanta la cabeza del libro. Tiene entre las piernas una caja metálica que contiene unas pocas monedas, arrojada allí con descuido. Como si no pidiera limosna, sino que aceptara una recompensa a su labor.

lector_atrasadoLa intensidad de su lectura nos hace olvidar su condición de indigente. He elaborado varias teorías sobre él: en una de ellas, Ismael entra cada día en la cercana librería de segunda mano con su recaudación diaria y, tras descontar lo mínimo para alimentarse, escoge uno o dos títulos; creo que la visión de un sin techo en una librería me haría sentir profundamente humilde, si pudiera coincidir con él. En otra de mis teorías, inspirada en la obra de otro narrador, Ismael ha recibido una herencia familiar consistente únicamente en libros, que él lee antes de venderlos en el mercado de segunda mano para sobrevivir; al mismo tiempo se alimenta de ellos y contempla cómo decrece esa frontera que lo acerca al hambre verdadera. Por último, seguramente debido al calor del verano, pienso que quizás Ismael, mi Ismael, es en realidad un ejecutivo de una compañía multinacional, que el resto del año planea fusiones, proyectos y contratos millonarios, y cuyas vacaciones consisten en echarse a la calle para leer sin mirar el reloj, y que en estos libros encuentra la fuerza para soportar su trabajo once meses más hasta el gozoso paréntesis estival. Muy probablemente, todas mis teorías sean correctas.

Cada dos o tres días Ismael cambia de libro, y si realizo un sencillo cálculo veo que superará con facilidad el centenar de lecturas al año. Lo que Ismael no sabe es que según la última encuesta de hábitos de lectura el 39,4% de los españoles no ha leído un libro en los últimos doce meses. Lo que ignora es que él sube la media que nos hace ser mejor de lo que creemos. Que varios niños lo señalan a sus madres preguntando qué hace ese señor exactamente. Que yo me fijo en él, y que escribo este texto precisamente para que ahora tú busques a este lector en cualquier esquina de tu ciudad.

Hoy Ismael no ha acudido a su puesto de lectura, por primera vez en un mes. Quizás haya enfermado, tal vez haya sufrido una paliza nocturna en uno de los sucios rincones que usa como hogar, es posible que le haya alcanzado alguno de los males callejeros de los que nosotros nos encontramos tan a resguardo.
O sencillamente es que han terminado sus vacaciones.

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Los cadáveres de lágrimas

london-cemeteryc2b4sHoy hace 25 años murió mi padre. Hoy hace 15 años escribí un simulacro de ficción que trataba de amartillar esa fecha en mi recuerdo, el 22 de agosto de 1991. Hoy quiero compartir con vosotros este relato, que he portado en el laberinto magnético de los muchos ordenadores que he tenido estos años, en un persistente intento de no desaparecer de mi memoria.

Los cadáveres de lágrimas (2001)

 

Los cadáveres de lágrimas

(Elegía de la ceniza)

Allí siguen, después de todos estos años, dispuestos en su columna rigurosa y eterna. Una familia completa, soterrada en las cenizas del olvido, exiliados en un reino indistintamente tenebroso o feliz. Éstos, mis atribulados ancestros a los que hoy rindo justo homenaje.

Esta mañana, temprano, ya que el sol inclemente agota hasta las menos míseras motivaciones de los hombres, hemos acudido a saludarles de nuevo. Subíamos por la avenida principal, flanqueados por un par de hileras de cedros venerables, dejando a un lado y otro pomposas criptas con arcos ojivales y motivos barrocos. Estos mausoleos de burgueses locales están convenientemente alejados de las tumbas más humildes que se acuestan en la ladera este, donde el sol no da tregua en todo el día y los árboles escasean. Es bien conocido el adagio de que la muerte iguala a todos los hombres; también sabemos que muchos tratan de engañar al engaño y perpetuar las diferencias con un artificio que no convence a nadie.

Un cementerio no puede inspirar miedo, al modo que el circo hollywoodense se obstina en convencernos. Para los habituales de este lugar, el único sentimiento posible es el de una tristeza profunda y serena. Cuando desde el coche se enfrenta uno a las praderas de lápidas desiguales, ningún escalofrío recorre nuestra espalda, ni sentimos la amenaza agazapada de una muerte que nos lleve un día cercano a incluirnos al paisaje. No. Lo que se nos echa encima, como una ola majestuosa, es el peso de la humanidad pasada, las miríadas humanas que nos han antecedido y que ahora nos enseñan el significado de las cenizas, una lección que no estamos preparados para comprender.

Zona 35, fila segunda, perpetuidad 62. Este es el jeroglífico archivístico que inútilmente trata de precisar el lugar en que descansan mis abuelos y mi padre. Esas cifras nada significan para mí, y desde que empecé a visitarles regularmente he encontrado siempre el lugar por pura intuición, haciendo caso omiso de las señales dejadas por los vivos. Y de todas formas, desconozco dónde pueden encontrarse en realidad.

Se trata de un tumba profunda, con una planta que excede por poco las dimensiones de los ataúdes comunes, coronada por un breve cajón de mármol negro, en el que al margen de la obvia cruz, tres prismas cuadrangulares adornan y hacen las veces de receptáculos para flores. Conozco cada milímetro de esa tumba, tantas han sido las ocasiones que he estado a sus pies orando, consolando o guardando silencio. La he visto abrirse hasta por tres veces, y por ella descender su fúnebre carga con la ayuda de unas manos profesionales que para nada conocían lo que atesoraba la madera. Se han ido posando el uno sobre el otro, como en una melancólica litera cuyos ocupantes duermen, y quizás sueñan.

La primera vez fue en diciembre de 1986; el día del aniversario de boda de mis padres fallecía mi abuela después de una complicada hospitalización. Yo era demasiado joven para sollozar con los adultos, y fui apartado de una escena larga y dolorosa. Mi recuerdo de aquellos días señala el significativo logro (para un chico de trece años) de poseer por primera vez las llaves de casa, puesto que al volver del colegio nadie podía abrirme la puerta. Parece injusto reducir a eso la agonía del único ser que me ha idolatrado en esta vida (otros me han querido, pero yo para ella era un icono), de unas rodillas en las que me sentaba, de unos dedos que pellizcaban mis mejillas y metían en mis bolsillos un billete marrón con la efigie de Manuel de Falla.

Mi padre nos dejó en agosto de 1991. El hombre de la salud de hierro se desmoronó con un solo golpe, aquel que atesoraba la ciclópea ilusión por vivir nos sorprendió por última vez, el mejor amigo de todos volvió su espalda para encarar un destino solitario y trágico. Yo no derramé ni una sola lágrima, únicamente me permití convertirme en roca para que otros se sujetaran, y lo acepté como algo justo. Me hice un hombre, como él hubiera querido. Me fui de casa para entrar en la Universidad, perseguí imposibles en su nombre e intenté ayudar a mis semejantes, pobres mortales a los que aún nos quedaba mucho remo por empuñar.

El tercer episodio sobre el singular cortejo con la muerte tuvo lugar en septiembre de 1994, durante las pocas horas en que salí de casa para realizar un examen. Mi abuelo, mi compañero de habitación por aquellos tiempos, un hombre desconfiado y testarudo que llenaba la casa de refranes olvidados y episodios baldíos de la malograda Guerra. Un octogenario paseante siempre activo, que en el ocaso de su vida comenzó a comprender la incomestibilidad del dinero, desempolvando generosidades y compensando balanzas.

Por si mi memoria emborronara estas fechas, la lápida se obstina siempre en que vuelvan a mí. En menos de siete años, una rama entera del árbol se vino abajo; mis abuelos sólo tuvieron un hijo, mi padre; éste nos tuvo a mi hermano y a mí (ahora nosotros dos sólo somos dos frutos caidos). Cuando mi padre era niño o adolescente, vivían los tres bajo el mismo techo; ahora vuelven a hacerlo, sólo que esta vez les cubre el mármol, y en él se hallan impresas las fechas de sus muertes. La fosa no es tan profunda, ignoro si cabremos alguno más.

La muerte me ha obsesionado durante unos cuantos años, los mismos en los que todos los integrantes de mi pequeño entorno familiar parecían decirme adiós uno a uno. Creí que aquello no pararía, aunque al fin lo hizo. Ahora lo acepta uno con una cordura que hiela la sangre, el ejercicio de una serenidad para mí ignota; pero los golpes y el fuego nos forjan más allá de lo que somos.

Por eso escribo este relato, o más bien este triste simulacro de ficción. Hoy es 22 de agosto de 2001, y se cumplen diez años de la muerte de mi padre. Un día así no puede, no debe ser uno más, y yo le consagro lo que mejor creo hacer (torpe inmodestia la mía si pienso que tengo algún ingenio a la hora de juntar palabras) con la esperanza de que, desde donde quiera que esté, mi padre pueda leer estas líneas, o quizás saber que su hijo le echa de menos, o al menos (y esta es la hipótesis menos descabellada) yo duerma esta noche sabiendo que no puedo hacer más para que no le cubra el olvido.

Sea como fuere, nosotros ya bajamos del cementerio, pero ellos se han quedado allí, atrapados en los grilletes del silencio eterno. Llorados, húmedos de amor y añoranza, los cadáveres de lágrimas permanecerán allí recordándonos quienes fueron, quienes somos; con la paciencia que nosotros jamás tendremos; con la de ver el tiempo no como arena que se nos escapa entre los dedos, sino como un manantial de agua fresca que se ha abierto en medio del desierto.

Murcia, 22 de agosto de 2001

Relato regalo: Cinco

Este 2014 ha sido, de verdad, para olvidar.

Lo bueno es que 2015 aparece más luminoso y prometedor que nunca en el horizonte. Quiero compartir estos buenos presagios con vosotros, así que os ofrezco un regalo. Se trata de un relato que escribí hace años, y que resultó ganador del Premio Gandalf de relato que organizó la Sociedad Tolkien Española en 2009.

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Ilustración de Tomás Hijo sobre la Batalla de los Cinco Ejércitos (no os perdáis el trabajo de este artistazo).

El relato se titula "CINCO" y narra lo acaecido en La Batalla de los Cinco Ejércitos… el mismo título que cierra la trilogía cinematográfica de El Hobbit, estrenado hace apenas unos días en nuestro país. Intento ser todo lo fiel posible al desarrollo de la batalla, y al mismo tiempo introduzco cinco distintos puntos de vista: con cinco personajes, cada uno de los cuales pertenece a unos de los cinco ejércitos citados.

Algunos personajes son conocidos, otros inventados, otros rescatados del olvido. Todos con su propia voz. Y con su propia suerte.

En fin, mis mejores deseos y que os guste. Nos vemos en 2015!

Link de descarga: Cinco – Santiago Álvarez