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Tengo que soñar más

Esta noche he tenido una experiencia literaria-onírica que quiero compartir aquí.

Soñaba que leía el relato de un importante autor español sobre un legendario literato ya muerto, probablemente J.L. Borges (¿ve el lector a dónde se encamina mi torpe ausencia de detalles?). Se me ocurrió una idea para continuar el cuento: un personaje adicional, mi alter ego, se introducía en una nueva historia explorando los pasos del genial (y supuesto) argentino, por una serie de peripecias filosóficas (nótese de nuevo la falta de concreción por mi parte) que le llevaban a transmutarse en un nuevo ser distinto al del inicio, tampoco similar al literato al que perseguía, sino una espalda y una cara al mismo tiempo de su persona, reflejada en un espejo a la vez, el principio y fin de su existencia (pido algo de compasión por lo grosero de esta prosa).

La cuestión es, y aquí empieza lo interesante, que entonces yo averiguaba EXACTAMENTE la historia que quería contar, me despertaba en mi casa del Mar Menor. En el comedor me esperaba Miriam, envuelta en sábanas y…. gatos. Conversábamos un poco sobre las motivaciones de los personajes, por la verosimilitud de sus acciones, los puntos de giro, el suspense añadido, el tono a usar, etc, hasta que, no solo la historia encajaba perfectamente, sino que además nos ofrecía tres o cuatro posibilidades más de transformarla en el mejor relato que jamás hubiéramos escrito.

En ese preciso instante me desperté… en esto que llamamos mundo real, un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño. Al mirar el reloj he visto que pasaban de las cuatro y media de la madrugada. Al darme cuenta de que ya no había más sueños posibles en esta serie onírica de muñecas rusas he comprendido, y me resulta complicado expresarlo mejor, he comprendido todas las variables y detalles del cuento que había soñado dentro de mi sueño. Era tan claro para mí que podría recitarlo sin esfuerzo, tanto que me he dicho: “no necesito escribirlo en una libreta, lo haré mañana, de día”. Una parte de mí ha temido que al volverme a dormir alguna mano burlona borrara, como armada con un rectángulo Milán nata, todo lo que había soñado, así que me he levantado para anotarlo todo en una libreta pequeña que tenía en el comedor.

De mi cama al comedor hay que recorrer aproximadamente ocho metros del piso: levantarse de la cama, rodearla, abrir una puerta, pasar entre los gatos por un tramo de pasillo, abrir otra puerta y alcanzar con tres pasos la mesa sobre la cual me esperaba la libreta. Un trayecto que se completa en apenas unos segundos. Durante ese recorrido ha pasado algo extraño. He sentido como si una gran figura de forma extravagante se viniera abajo a mi paso, como si estuviera formada por un montón de frágiles ladrillos a los que alguien hubiera olvidado poner argamasa o cemento: caían hasta el suelo, se hacían añicos, los pisaba sin querer quebrándolos en fragmentos aún más pequeños. De esta manera, cuando he abierto la libreta y empuñado el bolígrafo me he sentido vacío: “El relato va de…” “El autor se llama…” “La acción empieza cuando…”. Era incapaz de recordar nada. Me he sentido asombrado pero también triste y fascinado. Aquella historia que me había conmovido segundos antes ya no es nada, solo unos garabatos ininteligibles en mi cuaderno.

Esto me recuerda una cosa: hace ya nueve años soñé con un detective bajito y torpe, que se introducía en un decorado de la película “El sueño eterno” y que, entre desaguisados y aciertos inconcebibles, a pesar de sus evidentes carencias, lograba hacer triunfar su voluntad. Esa noche tampoco pude escribir lo que había soñado, pero sí que tecleé tres páginas donde explicaba quién era ese personaje. Esas páginas reposaron en mi disco duro unos años, evitando por fortuna formateos, borrados accidentales y mudanzas informáticas, hasta que al fin me aventuré a crear al detective Mejías y a escribir su historia, o al menos parte de ella.

Es curioso cómo son los sueños, y lo sorprendente es el poco caso que solemos hacerles. Yo esta noche he aprendido algo crucial: tengo que soñar más.

Mi nuevo cuaderno de viajero

Algunos de vosotros habréis leído esto, o habréis entrado en esta página, y sabréis que soy bastante aficionado a las libretas y cuadernos. Tengo muchos, de distintos tipos y para varios usis. Siempre llevo alguno conmigo para tomar notas, y la mayoría de mis escritos nacen en estas libretas.

Pues bien, hace unos días he adquirido una fascinante versión de estos compañeros de escritura. Se trata de un cuaderno de viaje Midori de la página web de Inktraveler, una tienda online que ha montado un gran amigo mío, que contiene alguno de los caprichos de escritorio más atractivos que haya contemplado jamás.

La cuestión es que al poco de dar de alta página hice un pedido básico: un cuaderno de piel y un lápiz de bronce a juego. Cuando recibí el paquete no pude evitar un escalofrío: al menos por fuera tenía buena pinta: tanta que tardé algunos minutos en deshacer el envoltorio.

Lo cierto es que conocía el lápiz con forma de proyectil, pero no sabía cómo quedaba el bronce en la mano, ni cómo se ocultaba la mina.

Práctico, bonito, útil.

Aunque lo mejor estaba por llegar. Tras retirar el papel de estraza aparece una caja de cartón que contiene el cuaderno. Lo más fuerte es que me he quedado con la caja de cartón (se supone que debería tirarla) porque me gusta bastante el diseño del cierre que tiene. Casi ná.  La caja viene acompañada con una carta personalizada de bienvenida, cerrada con lacre, un detallazo.

Abro la caja de cartón y aparece… ¿qué es esto? Una bolsa de algodón de sospechoso aspecto alargado, que contiene el cuaderno. Se trata de una funda para poder protegerlo cuando lo llevas en una mochila o de viaje.

Me parece que la supremacía de los cuadernos Mouleskine ha muerto cuando por fin extraigo de la bolsa de algodón la libreta de cuero. Nada más sacarlo, el olor del material me hace sonreir, y pensar que este puede ser el comienzo de una larga amistad.

Porque por el aspecto exterior del cuero la libreta tiene pinta de durar varias décadas. Las tapas alojan en su interior cuadernos de papel que se ajustan con un simple elástico, pero que queda fijado de manera segura con un tensor de metal, que me recuerda al peso que tienen junto al anzuelo las cañas de pescar. Ni grapas, ni mecanismos, todo de lo más artesano e inteligente. Unos nudos en el elástico, unas muescas en el cuero.

Por cierto, una gran ventaja: cuando acabe el papel no dejaré de usar la libreta. Guardaré el cuaderno de papel y lo sustituiré por otro, liso o rallado y lo pondré en el lugar del anterior con las mismas tapas. Además, demonios, la carta de bienvenida dice que puedo meter entre las tapas dos o tres cuadernos a la vez. 

Sencillo, elegante. Genial. Contemplo mi libreta sobre mi escritorio (¿acabaré poniéndole nombre?) y me parece parte del atrezzo de una película de Indiana Jones. 

La carta de bienvenida también indica que con el uso habitual el cuero de la tapa experimenta un envejecimiento natural que embellece la libreta. Ni se me ocurre dudarlo.

Pero falta asaltar la última resistencia: retiro la goma del cierre y me parece asaltar algún tesoro oculto y olvidado. El papel es una delicia, casi me da apuro escribir algo en él…

En fin, se trata de un producto que no es especialmente barato, pero os aseguro de que vale cada céntimo: Midori sabe lo que hace. Es algo que sólo entenderéis del todo cuando lo tengáis en vuestras manos.

Si os gustan los cuadernos, no dejéis de probarlo. Si queréis hacer un regalo, en Inktraveler encontraréis algo que vuestros amigos o familiares recordarán. También distribuyen tinta, efectos de escritorio y las plumas Sailor, la marca de estilográficas más antigua de Japón… pero eso me lo dejo para la segunda vuelta.

 

Cinco Libretas

Tengo cinco libretas. No me refiero a las que tengo en un cajón (en ese caso podría irme hasta las varias docenas), me refiero a las libretas que estoy usando ahora mismo, a la vez. ¿Muchas? En realidad cada una tiene su función. Veamos:Si empiezo por la izquierda, se trata de una pequeña libreta tamaño bolsillo, algo machacada, en la cual he ido compilando pequeñas anotaciones del día a día: desde apuntar las frases memorables de una película que estoy viendo hasta la lista de la compra, un número de teléfono o una anotación sobre la distintiva forma de rascarse la nariz que observé en la dependienta de una librería. Papel rayado, por supuesto.

La segunda es la única que no es moleskine, y la única que tiene el papel sin rayar. En realidad es una libretita de publicidad, pero yo la llamo cariñosamente El Cuaderno Rojo, en secreto homenaje al grupo literario que nació en los talleres de Antonio Penadés y Santiago Posteguillo y al que tengo el lujo y honor de pertenecer. Oiréis pronto cosas sobre estos chicos, ya veréis… Esta libreta es una continuación de la anterior, y las voy alternando mientras termino la primera… Por cierto, odio y adoro terminar libretas, es una extraña obsesión.

La libreta de enmedio tenía ganas de comprarla, es una nueva moleskine en formato reportero, pequeña y con la tapa que se abre hacia arriba. Sería la libreta que usa Mejías en sus casos, y de hecho podéis ver las primeras páginas de su contenido en este enlace. Se va a convertir en los próximos meses en mi lugar para anotaciones de la segunda novela, en la que acabo de empezar a trabajar.

La nº4 está muy usada, las esquinas reparadas con cinta aislante negra (como la nº1) y con más de 200 páginas de anotaciones sobre mi primera novela, La Ciudad De La Memoria. Tengo distintas versiones de lugares, esquemas, ideas,… también podéis ver parte de su contenido aquí. Libreta cercana a la jubilación.

Y la nº5… sí, está sin desprecintar, en efecto. Será mi libreta principal de notas para la segunda novela y como ahora estoy sobre todo documentándome y anotando cosas pequeñas, me apaño con la nº3, aunque pronto tendré que romper este plástico. Por cierto, odio y adoro empezar libretas, es otra extraña obsesión.

Así que es perfectamente lógico (ejem…) que tenga estas cinco libretas apiladas en un estante junto a mi escritorio, no hay nada de lo que extrañarse. "¿Y no usabas Scrivener?", preguntará alguno… ya, claro, veréis, esto va de manías, ¿verdad?

Por cierto, ¿dije cinco? Acabo de recordar las tres que uso para el trabajo: una grande en blanco, un diario pequeño y una moleskine a semana vista (ideal) que me he comprado mientras tenía en barbecho esta entrada…