Notas de autor


_MG_2855Escribir “La Ciudad de la Memoria” es atrapar un sueño.
No uso una metáfora, se trata de un hecho cierto: la génesis del personaje de Mejías se me presentó mientras dormía. Debían de ser las 4 de la mañana cuando desperté tras soñar con un detective bajito, casi calvo y torpón, que se adentraba en la vivienda de “El Sueño Eterno” (la casa de Geiger, para los más avezados), armado únicamente con una sartén y un puñado de réplicas mordaces.

La impresión había sido tan fuerte que a los pocos minutos me vi en el salón, tecleando de manera frenética para capturar aquella imagen fugaz. Durante mucho tiempo guardé aquellas páginas en un cajón, a la espera de que una excusa me hiciera sacarlas. Escribí muchos cuentos, musicales, canciones, pero en ninguna historia había sitio para aquel tipo bajito con gabardina.

Años después encontré la historia: un tipo que se creía Bogart y actuaba como tal en un peligroso entorno suburbano. Un hombre contracorriente en una ciudad de lobos, un tipo que da risa, pero del que también enternece su esfuerzo por pelear partidas que tiene perdidas de antemano. Le acompañaría una joven competente y de aspecto normal, que sería su antítesis. Mejías es un conservador nato anclado en el pasado, pero también un rebelde que no duda en saltarse las normas; Berta es una joven moderna e idealista que confía en el progreso, pero sin embargo es mucho más recatada y tradicional de lo que está dispuesta a admitir. De estas dos contradicciones nació el germen de esta novela. Son el pasado y el presente que se dan la mano para afrontar nuestro incierto futuro.

La elección del lugar involucró un primer viaje: consideré distintas ciudades, nacionales y extranjeras, que aseguraran un mínimo de interés y que tiñeran el clima de la obra. Terminé de vuelta en las calles que piso: Valencia, que vista por un murciano es una ciudad vasta e interesante, vieja y moderna, a la que acuden una serie de tópicos y circunstancias que uno puede defender o atacar. Un caldo de cultivo perfecto para la historia que se estaba fraguando.

Hubo un segundo viaje: asistir en solitario a la Semana Negra de Gijón fue una experiencia enriquecedora. A pesar de volver sin mi historia encauzada, traje dentro de mí un parásito en forma de trama, que posteriormente se desplegaría ante mí.

El tercer viaje involucró a un grupo de ilusionados (que no ilusos) escritores en ciernes, reunidos en torno a los talleres de literatura creativa de Antonio Penadés y Santiago Posteguillo en busca de algo que encauzara nuestros proyectos. Creamos un grupo llamado “El Cuaderno Rojo” (en homenaje a la obra de Paul Auster), que se ha convertido en la mejor muleta de este proyecto literario.

El último viaje, el más importante, es el que el autor realiza dentro de uno mismo para escribir su historia. Para ello me he documentado sobre la historia de Valencia, los detectives, la guerra civil y, en general, sobre el pasado (el verdadero epicentro de esta novela), hasta ir tan lejos como para imbricar en las páginas de La Ciudad De La Memoria a los primeros ancestros españoles de mi mujer, que llegaron desde Europa con una historia apasionante.

Y así se cumple este sueño, y lo que empezó como unos folios escritos en una madrugada intranquila se han convertido en un cuento sobre el pasado y el presente, sobre los distintos submundos que se solapan entre ellos, sobre la lealtad, la traición, el odio y el amor y, por encima de todo, sobre la valentía de ser honesto y auténtico.

La Ciudad De La Memoria esconde muchos secretos: algunos son apasionantes, otros repulsivos; la gran mayoría personales, patrimonio de los hombres y mujeres que pasan por ella y que no deberían encontrar otros ojos u oídos. ¿Pero sabéis qué? En este libro podéis asomaros a ellos.

Santiago Álvarez