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Los lugares sagrados y el disfraz de plañidero

Este final de verano nos ha golpeado con el anuncio del próximo cierre (3 de octubre) de la librería Negra y Criminal, el reconocido templo noir de nuestro país, situado en la pintoresca Barceloneta de la ciudad condal, un barrio con aroma a sal, a viejo y, sobre todo, a cosas auténticas. A ese tipo de cosas que van extinguiéndose en la niebla de los recuerdos como el pájaro dodó, los cuadernos Rubio y las películas de Humphrey Bogart.

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A poco que uno conozca la comunidad noir y frecuente las redes sociales se habrá enterado del triste anuncio y, más aún, habrá comprobado la oleada de desolación en autores, editores, lectores y público en general. Nos dice el capo Camarasa que elgénero negro ya no es tan minoritario y que esas novelas se venden en todas partes, y que precisamente por eso los lectores (los que quedan) los compran en otros puestos de venta, y así ya no hay quien aguante el tirón. Se impone una reflexión porque, sin bien mientras que dura el duelo es necesario ejercerlo con orgullo, cuando nos quitemos los oscuros ropajes debemos mirarnos al espejo y preguntarnos si involuntariamente apoyamos esta desaparición, si pudimos hacer algo más; o si se trata de una nueva demostración del implacable progreso, ante la que solo queda claudicar.

Lo confieso, yo soy uno de esos autores que no ha impedido que sus libros se vendan en las grandes superficies ni en las librerías franquicia. Ni de los que se han negado a realizar presentaciones o actos de fomento de la lectura en ellas cuando me lo han propuesto. Tampoco tengo claro que esa sea la solución. Como tampoco tengo tan claro que ejercer de plañidero me vaya a devolver a Negra y Criminal. Creo que se puede vender una novela al gran público sin dañar a las más modestas y muy necesarias comunidades especializadas, pero también creo que hay que buscar nuevas fórmulas que eviten el olvido y la comodidad en el acto de compra. Me parece que, paradójicamente, los responsables de que la novela negra se convierta en moda y no en tendencia son los causantes de esto. Los que impulsan un producto para exprimir el beneficio en poco tiempoversus los que tratan de ilustrar, profundizar y evolucionar. Me refiero a los que lo impulsan y a los que se dejan impulsar, claro.

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Yo estuve en Negra y Criminal tres veces, las mismas que visité Barcelona. La primera fue en la clausura de la Barcelona Negra del año pasado. Me lo habían explicado antes, pero nada pudo compararse con contemplar la calle de la Sal repleta, con aquella multitud literaria, bullanguera, ruidosa, todos con libros bajo el brazo, otros firmándolos, los más hablando de distintos proyectos, fue un espectáculo ante el que yo, como recién llegado a la comunidad noir desde la organización de Valencia Negra, no pude más que maravillarme y desear unirme algún día. Ese día llegó justo un año después, cuando en la última edición del festival barcelonés pude ser actor y no espectador de aquel fabuloso gentío de abrigos, bolsas de plástico, mejillones y sueños en el que se había convertido la puerta de la librería durante un par de horas.

La tercera y última vezque estuve en la librería fue hace poco más de tres meses, el 23 de mayo, cuando mi admirado Carlos Zanón y el mismo Paco Camarasa presentaron mi primera novela del detective Mejías, que precisamente habla desde la eterna nostalgia sobre las cosas que se pierden y que ya no vuelven a nosotros. Jamás olvidaré ese día, y las fotos de esta entrada corresponden precisamente a esos momentos: la presentación propiamente dicha, la foto con los libreros Montse y Paco, el ansiado momento de las firmas. Solo aquellos que han estado allí saben cómo Paco y Montse nos hacían sentir como en casa, cómo nos lo ponían tan fácil, cómo nos acogían en su guarida cuando afuera arreciaba una lluvia cortante como cuchillas.

¿Y ahora qué? Confieso que me cuesta digerirlo, como el balazo de una 22 en el estómago. Creo que Mejías, que ayer se metió para el coleto un par de Laphroaig que le ayudaran a pasar el trago, podría decirme algo al respecto, pues él sabe más de pérdidas, de fulgores que desaparecen en la oscuridad y de sueños rotos. Lo que pasa es que mi detective permanece mudo, y cada vez que intenta decirme algo le tiembla el labio inferior, y le digo que pare, que ya es suficiente.

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Lo llevo pensando un tiempo: a mi habitual desasosiego por mi mortalidad y el implacable paso del tiempo, se añade el hecho de entrar en una edad (quizás esto os suene a muchos), donde empiezan a desaparecer esas personas referentes que durante mi juventud me llevaron a ser quien soy, que me hicieron reír o llorar, o soñar, o luchar; los lugares que visité una y otra vez con el corazón roto o completamente feliz… Se me mueren mis ídolos, se me van mis refugios, se me escurre entre los dedos una parte de lo que soy, como sangre manando de una herida. Por eso creo que, tras el duelo necesario, debemos levantarnos de nuevo y abrazar a esos referentes, hablar con ellos, arrimar el hombro para que nuestros sagrados lugares (dejadme usar este adjetivo), esos que aún nos quedan, se mantengan en pié al menos un asalto más. Nos lo deben, y se lo debemos.

Porque no sé a vosotros, pero a mí el disfraz de plañidero me queda ridículo.

One Comment Published

by Misty , post on 10 agosto 2016 | Responder

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