Informe Nº2

Informe nº00356 del Colegiado nº 829                            TIP. nº 5178, Vicente Mejías Alcaraz.
Valencia, a 27 de noviembre

El presente informe es una continuación del anterior, nº 00356, de fecha 24 de noviembre.

Como ya expuse en el citado informe acepté el caso, a pesar de que yo era simplemente una solución desesperada para una situación desesperada. JMAT había acudido antes que a mí a otras agencias de detectives, por supuesto. En todas le contaron la misma historia: se trataba de un tema de la policía, no tanto por la desaparición en sí, que podría investigarse, sino por la trata de blancas. Una cosa era seguir a tipo a un prostíbulo para demostrar a su desolada esposa que el hombre se buscaba lo suyo en otros ambientes; enfrentarse con las mafias del este era algo muy distinto, con ellos existía un tácito entendimiento de respeto mutuo, que resultaba útil para ciertos casos de infidelidad. Cosas de la policía, como he dicho, no de detectives.

Pero uno de aquellas agencias le habló de mi, imagino que en términos no muy esperanzadores. Aún así el tipo no tenía muchas opciones: era yo o nada. Al menos, pensaría, me saldrá barato. Y así, el desafortunado JMAT acabó sentado frente a la mesa de mi despacho, soltándome toda aquella historia del tirón, igual que otros se quitan la suciedad en la ducha o se confiesan de rodillas en una iglesia. Siempre digo que mi trabajo tiene algo de gorila, algo de psicólogo y algo de ratón. Tres partes iguales, mezcladas con hielo y servidas con una aceituna.

Cuando JMAT se hubo marchado me puse a trabajar en el caso. Lo primero que uno hace es comprobar los datos que te facilita el cliente, claro: cualquiera lo haría. Vas al aeropuerto, verificas que el día tal de tal mes hubo un vuelo procedente de tal sitio; después sobornas a alguien para que te deje ver la lista de pasajeros; intentas emborrachar al vigilante, que te contará lo que se suele organizar en cierto tipo de entregas, si me permiten el término. Si tienes suerte, encuentras a alguien que al tercer vodka, y tras despellejar a su jefe y la birria de sueldo que le pagan para hacer lo que nadie quiere, te cuenta que tiene un amigo —aunque es obvio que habla de sí mismo— que a veces va a un determinado antro cercano al puerto, donde se ha tropezado, qué casualidad, con ciertos individuos, el típico gángster albano-kosovar al uso, vamos, que merodea siempre por el aeropuerto en el área de llegadas de algunos vuelos procedentes del este de Europa. Qué cosas, verdad, te dice el pobre tipo, un currante de mantenimiento o de los que atienden las reclamaciones en las ventanillas, como piñatas ofrecidas a los clientes descontentos en lugar de los verdaderos responsables. Manda huevos que ese ruso o lo que sea, te dice, se pasa la mitad de su vida en el aeropuerto y la otra mitad en una casa de putas. Justo como mi amigo.

Decía que ese tipo de cosas suceden si uno tiene suerte, y el caso es que yo andaba sobrado de ella aquel día. Por lo tanto me permití un paseo por el lado peligroso de la noche valenciana, pero en horario diurno. Son horas menos arriesgadas, pero lo cierto es que un tipo con gabardina llama algo la atención. Y la atención llama a gritos a los problemas en esta zona de la ciudad.

En cualquier caso, llegué a “El Loro Azul” sin mayor novedad, y tras convencer al portero de que no pertenecía a ningún tipo de fuerza policial, prometerle una consumición mínima de diez euros y una propina de cuarenta, me adentré en el local en busca de información. Total, le dije, sólo quiero ver el material por si me interesa traer a un conocido. Claro, claro, me dijo el portero mientras se metía el dinero en el bolsillo, adelante, todos conocemos a alguien que desea venir a este lugar.

Me adentré en aquel tugurio decorado con cortinas de cuentas brillantes y que apestaba a lejía, con los altavoces escupiendo un insoportable chunga-chunga en sordina. Por descontado que no me dejaron hablar con ninguna chica, los porteros pueden ser sobornables, pero ciertamente no son estúpidos. Profesionales, se entiende. Tras un par de conversaciones casuales encontré a un tipo desesperado y deseoso de poder confesarse con alguien. El pobre llevaba acodado en la barra desde la noche anterior, tratando de encontrar en el fondo de un vaso de ginebra el valor necesario para volver a casa con su mujer. El barman y yo dudábamos de ello. Me llevó algo de tiempo, pero poco a poco conseguí embocar la conversación hacia donde me interesaba. Por supuesto, Dorina ya no se llamaba así, y se la conocía como Vika, la pantera del este. La pobre chica era ahora un animal no domesticable, protegida del Chapas, un tipo vehemente y corpulento con una cicatriz junto al mentón. Muchos la conocían, la chica era fogosa, temperamental, dispuesta a un golpe o un grito ante el menor atisbo de incumplir las reglas del local: no se toca nada gratis. Los ocho días de oro del Corte Inglés no habían llegado a la Malvarrosa.

Una vez localizada la gatita, volví a hablar con mi cliente y planteamos la cuestión de la manera más cuidadosa posible. Cuando retomamos las conversaciones con los secuestradores, mencionamos la estela del Chapas, el nombre del tugurio playero, y aquello pareció sacar del sopor a la otra parte. De repente se interesaron por acelerar el acuerdo y acabar de sacar tajada con aquella farsa. Un nuevo intercambio quedó fijado la semana siguiente. No fue tan caro.

El encuentro se produciría en una pequeña plaza del barrio de Campanar, junto a la estación de autobuses, donde la droga circula rápido y sin preguntas, y varios tipos sospechosos que esperasen a otro tipo sospechoso no llamarían la atención. JMAT había contratado a buen precio dos esbirros para la transacción. Yo debía cubrirlos de algún modo, e intervenir si algo salía mal, lo que era más que probable. Estos ricos aburguesados solo sirven para quemar su dinero en los concesionarios y joyerías, no para salvar a una pobre chica de las garras del crimen. Mientras nosotros nos jugábamos la vida por el sueldo del mes, JMAT estaría en su casa, cómodamente instalado en su sofá de cuero, viendo algún programa de televisión que olvidaría al día siguiente.

Pero las quejas son para otros, también la gloria. Para nosotros tan sólo vale la resolución de lo que se nos encargó. La relación cliente-detective es sagrada, por más que quien paga sea un cabronazo corrupto o un ricacho ególatra sin corazón. Cuando salgo del despacho a trabajar, me dejo el corazón en casa. No hay otra forma de hacerlo. Si intentara juzgar la catadura moral de mis clientes me quedaría todo el tiempo sentado frente a la mesa de mi oficina. De hecho, si tratara de juzgar a la humanidad, tomaría un atajo y me bajaría de este mundo apestoso y patético. Y si alguien me proporcionara una forma de acabar con él para siempre lo haría sin dudar. Sodoma o Gomorra son sólo atracciones de Disney comparadas con el mundo real. El maldito progreso. El regusto amargo del que sólo te desprendes un momento con ayuda de escocés.

Me estoy desviado, y no debería, puesto que ahora es cuando se pone interesante la historia. Así que esperen a la próxima entrega de este maldito serial. Esta noche es la cita, y voy a acudir allí. Si vuelvo por mi pie ya expondré aquí lo ocurrido. Seguro que les encanta.