Informes de Mejías

  • Informe Nº1
  • Informe nº00355 del Colegiado nº 829 · TIP. nº 5178, Vicente Mejías Alcaraz.
    Valencia, a 24 de noviembre

    Cuando un cliente llora sentado ante mi mesa diciéndome que soy su única oportunidad es cuando aprecio la importancia de mi profesión. JMAT había acudido con anterioridad a la policía, que anotó su denuncia diligentemente y que había archivado el caso con vagas promesas de investigar sobre ello. Su hija de diecinueve años, que hasta entonces vivía en Rumanía, había sido retenida en su llegada al aeropuerto por personas que organizaban un bonito paraíso para jovencitas con ganas de progresar, paraíso que desembocaba en el sórdido mundo de la prostitución y otras mafias asociadas. Típico.

    El problema era que Dorina aún no era ciudadana española. De hecho no estaba documentado que hubiera puesto jamás pié en el país hasta ahora y, en lo referente a las autoridades españolas, la chica no existía. Tampoco se podía confiar mucho en la policía rumana, dicho sea de paso. Dorina era mayor de edad y eso agravaba el problema: no existía prueba alguna del secuestro, y las fuerzas del orden tenían otras prioridades antes que ejercer de psicólogos familiares o conciliar conflictos domésticos. Posiblemente la chica no quisiera ver a su padre, eso lo entendería cualquiera, sobre todo después de no saber nada de él en casi dos décadas. Visto como estaban las cosas, la policía pensaba que Dorina se encontraría aún en su natal Constanza, contando su fajo de billetes de cien euros, y pensando en cómo invertir aquella paga extra.

    JMAT parecía sincero cuando me dijo que la quería, que estaba convencido de que ella permanecía, retenida contra su voluntad, mi hijita, decía, en algún lugar cercano. Me enseñó el documento que le atormentaba: un correo electrónico en inglés, que tuvo que traducirme. Al parecer, la joven informaba a su padre de la hora de llegada, emplazándolo en la terminal del aeropuerto el día señalado. Una chica rumana que viajaba a España era una diana para los tipos dispuestos a sacar tajada. Ya había pasado otras veces: chicas que deciden venir a Europa, reúnen todo su dinero para el viaje y son seguidas e investigadas en sus países de origen. Incluso a veces consiguen el billete, qué suerte, rebajado de precio, a través de un supuesto amigo que luego resulta no ser tal. Una vez se bajan del avión alguien se ofrece a ayudarlas, gentilmente o por la fuerza, y de manera discreta y profesional la chica se encuentra en menos de lo que cuesta imaginarlo dentro del tugurio donde tendrá que prostituirse para sobrevivir durante los próximos años. Hasta que le guste o hasta que reviente, que a veces suele ser lo mismo.

    Con la sombra de esa amenaza sobre sus hombros, JMAT acudió al aeropuerto de Manises. Aquel día había madrugado más que su despertador, no por lo que consideraba una desproporcionada advertencia, sino por la emoción de verla por primera vez. Llegó una hora antes, desayunó dos veces y leyó una revista entera. Pronto la inminente reunión familiar borró todo rastro del aviso contenido en el correo anterior, así que cuando las puertas de salida del embarque se abrieron él se encontraba en primera fila, con una caja de bombones y un enorme cartel blanco que sujetaba por encima de su cabeza, donde podía leerse en grandes caracteres trazados con rotulador azul: DORINA. Como en las películas. Se sentía un poco ridículo con aquel letrero enigmático y necesario, pero padre e hija sólo se habían visto en unas cuantas fotos intercambiadas, y lo más seguro es que no reconociera a su propia hija entre un numeroso grupo de pasajeros.

    Cuando empezaron a salir por las puertas JMAT se puso muy nervioso. No veía a Dorina y, lo peor, nadie acudía hacia él con una sonrisa y los brazos abiertos. Más tarde comprendería el porqué de la gran afluencia de recién llegados: habían confluido los pasajes de diversos aviones retrasados, que llegaron con muy pocos minutos de diferencia, agravado por un problema mecánico en las cintas transportadoras de los equipajes, que contribuyó a que el atasco fuese aún mayor. A pesar de todo, él continuó ante las puertas con su cartel, hasta que transcurridos unos interminables minutos quedó claro que nadie más saldría, y un frío siniestro y lleno de premoniciones empezó a calarle la espalda.

    Buscó en el aeropuerto, preguntó a azafatas del vuelo y al personal de tierra, intentó que le dejaran consultar la lista de pasajeros. Dorina había tomado aquel avión, y esta información sólo acentuó su nerviosismo, lo que seguramente contribuyó a que todo sucediera delante de sus narices sin que pudiera evitarlo. Podría haberla descubierto entre el pasaje, mirando desorientada a su alrededor, del brazo de un fornido tipejo que le susurraba en rumano que era mejor permanecer callada. Si hubiera rastreado con detenimiento la terminal, tal vez habría reparado en aquellos hombres de aspecto taimado que intercambiaban miradas y ademanes entre sí. De haber explorado el parking, habría contemplado el confuso forcejeo ante uno de los vehículos aparcados, una vez que Dorina había comprendido la situación. Pero aquel día JMAT estaba dominado por los nervios y la culpabilidad y no hizo ninguna de esas cosas, tan sólo corrió de un lado a otro sin descanso, con el escenario girando a su alrededor, al borde del desmayo. Tras algo más de una hora infructuosa, cuando ya hacía tiempo que Dorina estaba en otro lugar bien distinto, decidió que seguramente ella, al no verlo, habría cogido un taxi o el metro hasta el centro de la ciudad, y que desde allí trataría de ponerse en contacto con él. Así que JMAT se fue a casa y durante las siguientes veinticuatro horas se pasó el tiempo pegado al teléfono móvil y el fijo, consultando el correo electrónico con insistencia, a la espera de un mensaje que no iba a llegar.

    Cuando alguien se comunicó con él, fue como si su peores pesadillas se hicieran realidad: una llamada telefónica con voz impersonal y sin inflexiones le aseguró que tenían a su hija. Que si no cumplía sus instrucciones no la vería jamás. Viva, claro. Las llamadas se sucedieron durante los siguientes días y semanas en un complicado juego de amenazas que fueron dando forma al encuentro que resolvería el caso. Iba a producirse de madrugada, en un lugar apropiado, con la garantía de disponer del dinero que le habían pedido. Pero aquellos encuentros no habían dado el resultado prometido, convirtiéndose en una recurrente retahíla de exigencias adicionales, que tensaban la cuerda un poco más.
    Y ahora mi cliente, tras haberlo intentado dos veces por su cuenta, acudía a mí como última opción. Estoy habituado a este tipo de desprecio. Pero soy un detective privado, y no es que eso vaya en el sueldo, es que así son las cosas. Más en el siguiente informe.

  • Informe Nº2
  • Informe nº00356 del Colegiado nº 829 · TIP. nº 5178, Vicente Mejías Alcaraz.
    Valencia, a 27 de noviembre

    El presente informe es una continuación del anterior, nº 00356, de fecha 24 de noviembre.

    Como ya expuse en el citado informe acepté el caso, a pesar de que yo era simplemente una solución desesperada para una situación desesperada. JMAT había acudido antes que a mí a otras agencias de detectives, por supuesto. En todas le contaron la misma historia: se trataba de un tema de la policía, no tanto por la desaparición en sí, que podría investigarse, sino por la trata de blancas. Una cosa era seguir a tipo a un prostíbulo para demostrar a su desolada esposa que el hombre se buscaba lo suyo en otros ambientes; enfrentarse con las mafias del este era algo muy distinto, con ellos existía un tácito entendimiento de respeto mutuo, que resultaba útil para ciertos casos de infidelidad. Cosas de la policía, como he dicho, no de detectives.

    Pero uno de aquellas agencias le habló de mi, imagino que en términos no muy esperanzadores. Aún así el tipo no tenía muchas opciones: era yo o nada. Al menos, pensaría, me saldrá barato. Y así, el desafortunado JMAT acabó sentado frente a la mesa de mi despacho, soltándome toda aquella historia del tirón, igual que otros se quitan la suciedad en la ducha o se confiesan de rodillas en una iglesia. Siempre digo que mi trabajo tiene algo de gorila, algo de psicólogo y algo de ratón. Tres partes iguales, mezcladas con hielo y servidas con una aceituna.

    Cuando JMAT se hubo marchado me puse a trabajar en el caso. Lo primero que uno hace es comprobar los datos que te facilita el cliente, claro: cualquiera lo haría. Vas al aeropuerto, verificas que el día tal de tal mes hubo un vuelo procedente de tal sitio; después sobornas a alguien para que te deje ver la lista de pasajeros; intentas emborrachar al vigilante, que te contará lo que se suele organizar en cierto tipo de entregas, si me permiten el término. Si tienes suerte, encuentras a alguien que al tercer vodka, y tras despellejar a su jefe y la birria de sueldo que le pagan para hacer lo que nadie quiere, te cuenta que tiene un amigo —aunque es obvio que habla de sí mismo— que a veces va a un determinado antro cercano al puerto, donde se ha tropezado, qué casualidad, con ciertos individuos, el típico gángster albano-kosovar al uso, vamos, que merodea siempre por el aeropuerto en el área de llegadas de algunos vuelos procedentes del este de Europa. Qué cosas, verdad, te dice el pobre tipo, un currante de mantenimiento o de los que atienden las reclamaciones en las ventanillas, como piñatas ofrecidas a los clientes descontentos en lugar de los verdaderos responsables. Manda huevos que ese ruso o lo que sea, te dice, se pasa la mitad de su vida en el aeropuerto y la otra mitad en una casa de putas. Justo como mi amigo.

    Decía que ese tipo de cosas suceden si uno tiene suerte, y el caso es que yo andaba sobrado de ella aquel día. Por lo tanto me permití un paseo por el lado peligroso de la noche valenciana, pero en horario diurno. Son horas menos arriesgadas, pero lo cierto es que un tipo con gabardina llama algo la atención. Y la atención llama a gritos a los problemas en esta zona de la ciudad.

    En cualquier caso, llegué a “El Loro Azul” sin mayor novedad, y tras convencer al portero de que no pertenecía a ningún tipo de fuerza policial, prometerle una consumición mínima de diez euros y una propina de cuarenta, me adentré en el local en busca de información. Total, le dije, sólo quiero ver el material por si me interesa traer a un conocido. Claro, claro, me dijo el portero mientras se metía el dinero en el bolsillo, adelante, todos conocemos a alguien que desea venir a este lugar.

    Me adentré en aquel tugurio decorado con cortinas de cuentas brillantes y que apestaba a lejía, con los altavoces escupiendo un insoportable chunga-chunga en sordina. Por descontado que no me dejaron hablar con ninguna chica, los porteros pueden ser sobornables, pero ciertamente no son estúpidos. Profesionales, se entiende. Tras un par de conversaciones casuales encontré a un tipo desesperado y deseoso de poder confesarse con alguien. El pobre llevaba acodado en la barra desde la noche anterior, tratando de encontrar en el fondo de un vaso de ginebra el valor necesario para volver a casa con su mujer. El barman y yo dudábamos de ello. Me llevó algo de tiempo, pero poco a poco conseguí embocar la conversación hacia donde me interesaba. Por supuesto, Dorina ya no se llamaba así, y se la conocía como Vika, la pantera del este. La pobre chica era ahora un animal no domesticable, protegida del Chapas, un tipo vehemente y corpulento con una cicatriz junto al mentón. Muchos la conocían, la chica era fogosa, temperamental, dispuesta a un golpe o un grito ante el menor atisbo de incumplir las reglas del local: no se toca nada gratis. Los ocho días de oro del Corte Inglés no habían llegado a la Malvarrosa.

    Una vez localizada la gatita, volví a hablar con mi cliente y planteamos la cuestión de la manera más cuidadosa posible. Cuando retomamos las conversaciones con los secuestradores, mencionamos la estela del Chapas, el nombre del tugurio playero, y aquello pareció sacar del sopor a la otra parte. De repente se interesaron por acelerar el acuerdo y acabar de sacar tajada con aquella farsa. Un nuevo intercambio quedó fijado la semana siguiente. No fue tan caro.

    El encuentro se produciría en una pequeña plaza del barrio de Campanar, junto a la estación de autobuses, donde la droga circula rápido y sin preguntas, y varios tipos sospechosos que esperasen a otro tipo sospechoso no llamarían la atención. JMAT había contratado a buen precio dos esbirros para la transacción. Yo debía cubrirlos de algún modo, e intervenir si algo salía mal, lo que era más que probable. Estos ricos aburguesados solo sirven para quemar su dinero en los concesionarios y joyerías, no para salvar a una pobre chica de las garras del crimen. Mientras nosotros nos jugábamos la vida por el sueldo del mes, JMAT estaría en su casa, cómodamente instalado en su sofá de cuero, viendo algún programa de televisión que olvidaría al día siguiente.

    Pero las quejas son para otros, también la gloria. Para nosotros tan sólo vale la resolución de lo que se nos encargó. La relación cliente-detective es sagrada, por más que quien paga sea un cabronazo corrupto o un ricacho ególatra sin corazón. Cuando salgo del despacho a trabajar, me dejo el corazón en casa. No hay otra forma de hacerlo. Si intentara juzgar la catadura moral de mis clientes me quedaría todo el tiempo sentado frente a la mesa de mi oficina. De hecho, si tratara de juzgar a la humanidad, tomaría un atajo y me bajaría de este mundo apestoso y patético. Y si alguien me proporcionara una forma de acabar con él para siempre lo haría sin dudar. Sodoma o Gomorra son sólo atracciones de Disney comparadas con el mundo real. El maldito progreso. El regusto amargo del que sólo te desprendes un momento con ayuda de escocés.

    Me estoy desviado, y no debería, puesto que ahora es cuando se pone interesante la historia. Así que esperen a la próxima entrega de este maldito serial. Esta noche es la cita, y voy a acudir allí. Si vuelvo por mi pie ya expondré aquí lo ocurrido. Seguro que les encanta.

  • Informe Nº3
  • Informe nº 00357 del Colegiado nº 829 · TIP. nº 5178, Vicente Mejías Alcaraz
    Valencia, a 1 de diciembre

    El presente informe es una continuación del anterior, nº 00356, de fecha 26 de noviembre. La noche del pasado miércoles, a petición de mi cliente JMAT, acudí al jardín del barrio de Campanar para comprobar que la transacción entre los sospechosos se realizaba de la manera acordada. Yo estaba parapetado en el interior del Packard y me hundí en el asiento mientras calaba el sombrero hasta las cejas. No tuve que esperar mucho. A las 1:20 horas apareció el Sr. D con un maletín negro de piel, mirando nerviosamente a ambos lados de la plaza. Un par de indigentes despistados salieron de sus bancos, huyendo como palomas asustadas, y de las sombras emergió un gigante. Era el Chapas, eso no podía dudarse. A su lado aparecieron dos sombras más, y una de ellas arrastraba a la chica, amordazada, a juzgar por sus gemidos ahogados. Salvo aquello, todo estaba en silencio. Entonces el Chapas empezó a hablar con el recién llegado. Yo estaba lejos y no podía distinguir lo que decían, pero comprendía lo que estaba pasando.

    Y hablaron, más de lo esperado. Al parecer el tipo del maletín exigía algún tipo de garantía que nadie iba a concederle aquella noche. Hizo un movimiento dentro de su abrigo y un brillo metálico y una advertencia brotaron a la vez de las sombras antagonistas. Eso sí que lo oí: “Si sacas el puto arma, empieza ahora la mascletá, imbécil”. “Es un móvil, joder”, dijo el otro. Las cosas parecieron, pero solo fue un espejismo. Bang, Bang. Los disparos procedían de un nuevo invitado alojado previamente en el interior del parque, y una de las sombras tras el Chapas cayó al suelo. Los otros dos respondieron. Hubo más disparos. Sin dudarlo, salí del Packard envuelto en mi gabardina, agachado tras los coches estacionados y llegué hasta la chica, que habían dejando de rodillas sobre el suelo. Un par de balas silbaron sobre mi cabeza y rompieron los cristales del vehículo a mi espalda. El Chapas se giró para ver lo que sucedía, se inclinó mientras me encañonaba, pero yo me moví más rápido y le encajé una patada en plena cara antes de escapar. Bastante estaban teniendo aquellos tontos con su Nit del Foc para seguirme. Entonces el tipo del maletín cayó al suelo y el silencio llegó de nuevo. Tuve el tiempo justo para subir al coche con la chica y deslizarme en el asiento a tiempo de que el Chapas no me volara la cabeza cuando su bala estalló en el parabrisas. Las ruedas chillaron y el tipo tuvo que apartarse mientras yo sacaba aquel montón de chatarra lejos de allí, rumbo a un lugar seguro.

    La chica era guapa. Me miró con agradecimiento y deseo, como se mira a un pastel de chocolate después de días comiendo naranjas. Una vez que nos alejamos lo suficiente, en la esquina anterior a comisaría, estacioné el coche para asegurarme de que no estaba herida, y antes de que pudiera preguntarle estampó su boca en la mía con salvaje desesperación. No estuvo mal. Después de un rato pudimos llegar a comisaría y la dejé allí, a cargo de Pérez y sus chicos. Aquella noche se había tragado dos muertos más, un alma inocente había sido salvada, el malo continuaba suelto, y un defensor de la cordura volvía a casa cansado, una vez más. Quién dice que Valencia es una aburrida ciudad de provincias.