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El polvoriento desván de nuestra memoria

     Era uno de los últimos días de febrero. Caminaba yo por la calle Luchana, en Madrid, tras visitar a una importante editorial y, mucho más importante, tras adquirir un par de tesoros en una histórica tienda de estilográficas, de esas que solo encuentras en la capital. Debía comer, y no conocía lugares por la zona, así que cuando llegué a la Glorieta de Bilbao y vi aquella puerta giratoria de otros tiempos no me lo pensé demasiado. A dos pasos de la entrada había un quiosco cuya oferta se desparramaba por la acera ofreciendo clásicos del cine negro a precio irrisorio, una señal más de que era el lugar adecuado.
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     Ese fue mi primer encuentro con el Café Comercial. Apareció como por arte de magia, brotando entre el asfalto surcado de vehículos y peatones. Entré maravillado en su salón, comí sobre sus mesas de mármol, me relajé en la presencia de otros solitarios que almorzaban, tomaban su café o simplemente leían, reflejados en su galería de espejos, estanterías de clásicos y columnas decimonónicas. Pensé, con optimismo provinciano, que en la capital habría 10, 20 o 30 de estos locales y no que se trataba del más ilustre café de antaño, con permiso del Café Gijón. Estrené mi pluma recién adquirida y diseñé una escena de mi nueva novela, maravillado por el hecho de poder hacerlo allí.
     Un mes más tarde tuve la suerte de volver a visitarlo, convertido en cuartel general de la Konvención de los Fans de The Kinks en España. Ahora no estaba solo; encontré un grupo maravilloso de personas que me mostraron la otra cara de los cafés; el lugar de encuentro donde compartir experiencias y trazar planes para dominar el mundo o para no sucumbir a él.
     Y el pasado lunes 27 de julio, este café que llevaba abierto desde 1887 ha cerrado sus puertas, poniendo en la calle a empleados de ajada chaqueta blanca que trabajaban allí más de 35 años, sin previo aviso, sin apenas explicación, y con la sombra de un suculento negocio en el horizonte. Con la sospecha de que aquella Glorieta de Bilbao, que durante casi 130 años fue refugio de paseantes y encuentro de amigos y tertulia, por donde pasaron Benito Pérez Galdós, Antonio Machado, Camilo José Cela, Jardel Poncela y tantos otros, se convierta en un McDonalds, en un Zara o en algo peor. Y que lo olvidemos, o aún más terrible, que termine relegado a ese polvoriento desván de nuestra memoria colectiva, donde dejamos aquello que ni nos preocupa, ni nos inquieta, ni nos hace daño.
     Que lo aceptemos como una representación más de esto que hemos dado en denominar progreso y a lo que consagramos, quien más y quien menos, nuestra vida con fervor religioso.
cafe comercial