Blog

viajardenoche-624x231

Y ahora sigue con tu vida

A veces, la Parca se te queda mirando y te pega un tirón de orejas: “¿Qué haces ignorándome? ¡Eh! ¡Estoy aquí! Hazme caso, que soy poca broma”. Te puede pasar en cualquier sitio, en cualquier momento, solo existe una característica común: nunca te viene bien. Puede pillarte en medio de un festival de novela negra, por ejemplo, donde vas lleno de ilusión por poder compartir tu obra con otros, por reencontrarte con gente estupenda que echas de menos, por descubrir a gente nueva. Entonces una llamada, una sola llamada al teléfono, un par de frases enunciadas con una fatalidad no exenta de firmeza, y de repente el bonito castillo de naipes que es tu vida de espaldas a la muerte se viene abajo.

Dejar el hotel a toda prisa. Olvidar algo valioso y necesario en la habitación, cosa que recuerdas mucho más tarde. El camino de vuelta a tu casa, donde tienes que pasar el trago de decirle a tu anciana madre que, una vez más, una de sus hermanas, un ser humano extraordinario al que estaba terriblemente unido, se ha ido para siempre. La charla trivial cuando llegas a casa, las excusas que inventas para explicar el porqué de tu regreso precipitado. El momento en el que se lo dices. El estupor de su rostro, las lágrimas, los gemidos. La llegada del resto de la pequeña unidad familiar. Hacer de nuevo la maleta para un viaje nocturno de cuatro horas hasta el epicentro de la tragedia.

viajardenoche-624x231

Las largas horas de viaje en el asiento trasero, junto a tu madre. La marca de la muerte en su rostro, en su aliento contenido, en los movimientos de sus labios que son como un diálogo con la oscuridad. La cosas que no te dice. La llegada en medio de la madrugada, cansados, exhaustos, rotos. Las lágrimas de tu madre, que arrecian al entrar donde ella no se atreve. La charla práctica, qué sucedió, cuándo, donde, por qué… por qué no se pregunta nunca, en el fondo todos lo sabemos. Las breves horas de sueño en los sillones del tanatorio.

La mañana llega y, hasta el cubículo de hormigón destinado a tal fin, piadosamente rodeado por jardines, va llegando el resto de la gran familia, tan dispersa, una diáspora genética inmerecida. El dispensador de pañuelos de celulosa frente al féretro. Los asientos que cada día ocupan a gente como nosotros. Los abrazos, las mejillas masculinas que no sueles besar, pero estos son tu familia. Las frases habituales: “Qué pena que nos veamos en estas…”, “Creo que no sufrió cuando…”, “La misa es a las…”. Poco a poco, las miradas fúnebres, los gestos alicaídos, van recuperándose. Hay alguna broma, hay alguna risa. Se cuentan historias que todos recordamos. Empieza a parecer que estamos celebrando otra cosa. Así somos los seres humanos, no resistimos la pena durante mucho tiempo.

Llega el momento de arreglarse para la ceremonia. Dudas sobre la indumentaria adecuada. Te colocas donde molestas menos, te concentras en ser una columna de carne solidaria y respetuosa. De nuevo las lágrimas. Alguien sufre un arrebato por la emoción, un ataque inesperado. La liturgia por el fallecido se convierte en una improvisada sala de urgencias. Se retoma el rito religioso. No es mucho, pero es algo solemne a lo que agarrarse. Acompañas a tu madre al ultimo adiós. Comienzan otro tipo de despedidas. Aprovechas para hablar con familiares que no sueles ver, te vas a comer, te vas a cenar. Te haces la ilusión de que has hecho ese viaje por que has querido. De alguna manera, sacas algo bueno de algo malo. Ya casi ni duele.

Al fin, te toca volver. Las últimas despedidas, en tono más festivo. Las promesas de no vernos de nuevo en semejante situación. La falta de certeza de si vas a poder cumplirlo. Las horas del coche de vuelta, largas, extenuantes. Las ganas de volver a tu hogar. De recuperar de tu vida. De olvidar que todo esto ha pasado. Que todo volverá a repetirse.

Tras otro viaje llegas a tu calle. Descargas el equipaje. Piensas en lo que harás mañana. En lo que no has podido hacer. De repente escuchas el chillido de unos neumáticos y un coche derrapa a menos de un metro de ti. Te quedas helado. Piensas en lo que acaba de pasar. En lo que podía haber pasado. Te parece escuchar una vocecilla que gira en torno a tu cabeza, y sientes un golpecito en la nuca. Es la Parca, que te pega una colleja mientras entona con voz levemente irritada: “¡Eh! ¡Estoy aquí! No pienso irme muy lejos. Cuidado conmigo, que tengo poca paciencia”.

Y ahora sigue con tu vida.

lector_atrasado

Llamadle Ismael (A true story)

Sobre la mandíbula afilada se le amontona una barba rala que le proporciona aspecto de marinero viejo, del que conoce cada habitáculo del Pequod en persecución de la gran ballena blanca. Hay algo en su porte, en la atención con la que se inclina sobre el libro que sostiene, que recuerda a los arponeros de la cofradía de Nuntacket, sin prisa, pero con la afectada solemnidad del que en cada tarea realiza una liturgia para la eternidad.

Cada vez que salgo del metro me lo encuentro sentado en la misma puerta de un comercio cerrado. Se sienta sobre una gastada bolsa deportiva que contiene las pertenencias que no se encuentran en el carrito de supermercado que siempre gravita cerca de él. Lee. A veces paso a su lado dos o tres veces al día, y compruebo como la marca de su lectura avanza. Jamás levanta la cabeza del libro. Tiene entre las piernas una caja metálica que contiene unas pocas monedas, arrojada allí con descuido. Como si no pidiera limosna, sino que aceptara una recompensa a su labor.

lector_atrasadoLa intensidad de su lectura nos hace olvidar su condición de indigente. He elaborado varias teorías sobre él: en una de ellas, Ismael entra cada día en la cercana librería de segunda mano con su recaudación diaria y, tras descontar lo mínimo para alimentarse, escoge uno o dos títulos; creo que la visión de un sin techo en una librería me haría sentir profundamente humilde, si pudiera coincidir con él. En otra de mis teorías, inspirada en la obra de otro narrador, Ismael ha recibido una herencia familiar consistente únicamente en libros, que él lee antes de venderlos en el mercado de segunda mano para sobrevivir; al mismo tiempo se alimenta de ellos y contempla cómo decrece esa frontera que lo acerca al hambre verdadera. Por último, seguramente debido al calor del verano, pienso que quizás Ismael, mi Ismael, es en realidad un ejecutivo de una compañía multinacional, que el resto del año planea fusiones, proyectos y contratos millonarios, y cuyas vacaciones consisten en echarse a la calle para leer sin mirar el reloj, y que en estos libros encuentra la fuerza para soportar su trabajo once meses más hasta el gozoso paréntesis estival. Muy probablemente, todas mis teorías sean correctas.

Cada dos o tres días Ismael cambia de libro, y si realizo un sencillo cálculo veo que superará con facilidad el centenar de lecturas al año. Lo que Ismael no sabe es que según la última encuesta de hábitos de lectura el 39,4% de los españoles no ha leído un libro en los últimos doce meses. Lo que ignora es que él sube la media que nos hace ser mejor de lo que creemos. Que varios niños lo señalan a sus madres preguntando qué hace ese señor exactamente. Que yo me fijo en él, y que escribo este texto precisamente para que ahora tú busques a este lector en cualquier esquina de tu ciudad.

Hoy Ismael no ha acudido a su puesto de lectura, por primera vez en un mes. Quizás haya enfermado, tal vez haya sufrido una paliza nocturna en uno de los sucios rincones que usa como hogar, es posible que le haya alcanzado alguno de los males callejeros de los que nosotros nos encontramos tan a resguardo.
O sencillamente es que han terminado sus vacaciones.

london-cemeteryc2b4s

Los cadáveres de lágrimas

london-cemeteryc2b4sHoy hace 25 años murió mi padre. Hoy hace 15 años escribí un simulacro de ficción que trataba de amartillar esa fecha en mi recuerdo, el 22 de agosto de 1991. Hoy quiero compartir con vosotros este relato, que he portado en el laberinto magnético de los muchos ordenadores que he tenido estos años, en un persistente intento de no desaparecer de mi memoria.

Los cadáveres de lágrimas (2001)

 

Los cadáveres de lágrimas

(Elegía de la ceniza)

Allí siguen, después de todos estos años, dispuestos en su columna rigurosa y eterna. Una familia completa, soterrada en las cenizas del olvido, exiliados en un reino indistintamente tenebroso o feliz. Éstos, mis atribulados ancestros a los que hoy rindo justo homenaje.

Esta mañana, temprano, ya que el sol inclemente agota hasta las menos míseras motivaciones de los hombres, hemos acudido a saludarles de nuevo. Subíamos por la avenida principal, flanqueados por un par de hileras de cedros venerables, dejando a un lado y otro pomposas criptas con arcos ojivales y motivos barrocos. Estos mausoleos de burgueses locales están convenientemente alejados de las tumbas más humildes que se acuestan en la ladera este, donde el sol no da tregua en todo el día y los árboles escasean. Es bien conocido el adagio de que la muerte iguala a todos los hombres; también sabemos que muchos tratan de engañar al engaño y perpetuar las diferencias con un artificio que no convence a nadie.

Un cementerio no puede inspirar miedo, al modo que el circo hollywoodense se obstina en convencernos. Para los habituales de este lugar, el único sentimiento posible es el de una tristeza profunda y serena. Cuando desde el coche se enfrenta uno a las praderas de lápidas desiguales, ningún escalofrío recorre nuestra espalda, ni sentimos la amenaza agazapada de una muerte que nos lleve un día cercano a incluirnos al paisaje. No. Lo que se nos echa encima, como una ola majestuosa, es el peso de la humanidad pasada, las miríadas humanas que nos han antecedido y que ahora nos enseñan el significado de las cenizas, una lección que no estamos preparados para comprender.

Zona 35, fila segunda, perpetuidad 62. Este es el jeroglífico archivístico que inútilmente trata de precisar el lugar en que descansan mis abuelos y mi padre. Esas cifras nada significan para mí, y desde que empecé a visitarles regularmente he encontrado siempre el lugar por pura intuición, haciendo caso omiso de las señales dejadas por los vivos. Y de todas formas, desconozco dónde pueden encontrarse en realidad.

Se trata de un tumba profunda, con una planta que excede por poco las dimensiones de los ataúdes comunes, coronada por un breve cajón de mármol negro, en el que al margen de la obvia cruz, tres prismas cuadrangulares adornan y hacen las veces de receptáculos para flores. Conozco cada milímetro de esa tumba, tantas han sido las ocasiones que he estado a sus pies orando, consolando o guardando silencio. La he visto abrirse hasta por tres veces, y por ella descender su fúnebre carga con la ayuda de unas manos profesionales que para nada conocían lo que atesoraba la madera. Se han ido posando el uno sobre el otro, como en una melancólica litera cuyos ocupantes duermen, y quizás sueñan.

La primera vez fue en diciembre de 1986; el día del aniversario de boda de mis padres fallecía mi abuela después de una complicada hospitalización. Yo era demasiado joven para sollozar con los adultos, y fui apartado de una escena larga y dolorosa. Mi recuerdo de aquellos días señala el significativo logro (para un chico de trece años) de poseer por primera vez las llaves de casa, puesto que al volver del colegio nadie podía abrirme la puerta. Parece injusto reducir a eso la agonía del único ser que me ha idolatrado en esta vida (otros me han querido, pero yo para ella era un icono), de unas rodillas en las que me sentaba, de unos dedos que pellizcaban mis mejillas y metían en mis bolsillos un billete marrón con la efigie de Manuel de Falla.

Mi padre nos dejó en agosto de 1991. El hombre de la salud de hierro se desmoronó con un solo golpe, aquel que atesoraba la ciclópea ilusión por vivir nos sorprendió por última vez, el mejor amigo de todos volvió su espalda para encarar un destino solitario y trágico. Yo no derramé ni una sola lágrima, únicamente me permití convertirme en roca para que otros se sujetaran, y lo acepté como algo justo. Me hice un hombre, como él hubiera querido. Me fui de casa para entrar en la Universidad, perseguí imposibles en su nombre e intenté ayudar a mis semejantes, pobres mortales a los que aún nos quedaba mucho remo por empuñar.

El tercer episodio sobre el singular cortejo con la muerte tuvo lugar en septiembre de 1994, durante las pocas horas en que salí de casa para realizar un examen. Mi abuelo, mi compañero de habitación por aquellos tiempos, un hombre desconfiado y testarudo que llenaba la casa de refranes olvidados y episodios baldíos de la malograda Guerra. Un octogenario paseante siempre activo, que en el ocaso de su vida comenzó a comprender la incomestibilidad del dinero, desempolvando generosidades y compensando balanzas.

Por si mi memoria emborronara estas fechas, la lápida se obstina siempre en que vuelvan a mí. En menos de siete años, una rama entera del árbol se vino abajo; mis abuelos sólo tuvieron un hijo, mi padre; éste nos tuvo a mi hermano y a mí (ahora nosotros dos sólo somos dos frutos caidos). Cuando mi padre era niño o adolescente, vivían los tres bajo el mismo techo; ahora vuelven a hacerlo, sólo que esta vez les cubre el mármol, y en él se hallan impresas las fechas de sus muertes. La fosa no es tan profunda, ignoro si cabremos alguno más.

La muerte me ha obsesionado durante unos cuantos años, los mismos en los que todos los integrantes de mi pequeño entorno familiar parecían decirme adiós uno a uno. Creí que aquello no pararía, aunque al fin lo hizo. Ahora lo acepta uno con una cordura que hiela la sangre, el ejercicio de una serenidad para mí ignota; pero los golpes y el fuego nos forjan más allá de lo que somos.

Por eso escribo este relato, o más bien este triste simulacro de ficción. Hoy es 22 de agosto de 2001, y se cumplen diez años de la muerte de mi padre. Un día así no puede, no debe ser uno más, y yo le consagro lo que mejor creo hacer (torpe inmodestia la mía si pienso que tengo algún ingenio a la hora de juntar palabras) con la esperanza de que, desde donde quiera que esté, mi padre pueda leer estas líneas, o quizás saber que su hijo le echa de menos, o al menos (y esta es la hipótesis menos descabellada) yo duerma esta noche sabiendo que no puedo hacer más para que no le cubra el olvido.

Sea como fuere, nosotros ya bajamos del cementerio, pero ellos se han quedado allí, atrapados en los grilletes del silencio eterno. Llorados, húmedos de amor y añoranza, los cadáveres de lágrimas permanecerán allí recordándonos quienes fueron, quienes somos; con la paciencia que nosotros jamás tendremos; con la de ver el tiempo no como arena que se nos escapa entre los dedos, sino como un manantial de agua fresca que se ha abierto en medio del desierto.

Murcia, 22 de agosto de 2001

IX Taller Presencial de Scrivener en Valencia

Os anuncio una nueva edición de los talleres presenciales que imparto sobre Scrivener en Valencia. En esta ocasión lo impartiré en Bibliocafé (calle Poeta Durán y Tortajada, 20), desde el 23 de junio al 28 de julio. El curso consta de 6 sesiones de 2 horas de duración (de 19 a 21h). Además de adentrarnos en los entresijos de Scrivener, exploraremos las estructuras narrativas más usadas y los alumnos podrán aplicarlas a sus proyectos mediante este increíble software.

 Captura de pantalla 2014-04-15 08.37.31

¿A quién está dirigido?A aquellos que escriban textos de cierta longitud, tanto literarios como académicos, y que os encontréis en cualquier estado de producción del mismo (texto terminado a falta de revisión, escritura en proceso, planificación de la estructura, o incluso antes de empezar). Si buscáis un software para escribir, documentaros, corregir y crear una estructura, Scrivener proporciona todo esto en un único programa. Para windows y mac. Ya traducido al español en windows.¿Cuáles son las condiciones?

El coste del curso es de 90€ por las 6 sesiones. Es muy recomendable traerse a clase un portátil. Se incluye asimismo un 25% de descuento en la adquisición del software (cuyo PVP sin descuento es de unos míseros 40$ americanos).

¿Cuáles son los contenidos del curso?

Sesión 1 (23 junio): Fundamentos y filosofía del software. Cómo empezar. Importar un trabajo anterior. El binder/archivador. Nociones básicas sobre estructura narrativa.

Sesión 2 (30 junio): Datos asociados a los documentos. Organizar el texto en Scrivener. Documentación.

Sesión 3 (7 julio): Personalizar el entorno. Metas y ayudas. Búsquedas y colecciones.

Sesión 4 (14 julio)Corregir con Scrivener. Compilar y publicar el texto definitivo.

Sesión 5 (21 julio): Aplicación del paradigma de tres actos. Aplicación del esquema del Camino del Héroe. Aplicación del desarrollo de la trama en 7 y 22 pasos.

Sesión 6 (28 julio): Aplicación práctica de los contenidos del curso a los proyectos de los alumnos. Dudas.

Podéis apuntaros enviando un mail a info@bibliocafe.es o en el 670.490.198

De nuevo mi agradecimiento a la gente de Scrivener (la web de Literature&Latte), por su apoyo.

Orgullo

       Hay cosas que pensamos demasiado. O que pensamos demasiado poco. Nos dicen: sé humilde, no hables de ti mismo. O: véndete, el que llora no mama, sé mejor que el otro y haz que lo sepan. Nos dicen: ve contra las reglas. O: no te muevas si no quieres salirte de la foto. Nos dicen: aprende que nunca podrás contentar a todos. O: es necesario tener buenos amigos hasta en el infierno. Solo hay una cosa que tengo clara, y es que debo ser fiel a mis instintos, a la materia oscura de la que estoy hecho.

 

13254706_1006621419420918_1529640188914767997_oTermina la cuarta edición de Valencia Negra, y no puedo evitar cierto sentimiento de júbilo. 75 actividades, 21 sedes, un incremento bestial de público, y la sensación de que el trabajo de tantos meses ha funcionado. El núcleo duro de Valencia Negra (Jordi Llobregat, Bernardo Carrión y un servidor), hemos luchado al máximo para ofrecer lo que queríamos: un festival cultural, es decir, un evento que festeje la cultura, que la torne en algo gozoso y digno de ser celebrado. A veces abrimos un abismo entre la cultura y la gente. La etiqueta «cultura popular» ha hecho mucho daño, como también ciertos círculos snobs que pretenden erigirse en propietarios de las reglas de la crítica. Nosotros creemos que la cultura es primordial, básica e intransferible para los seres humanos, y que ella nos conforma en seres más justos, más completos, capaces de resolver problemas que aguardan turno en las carpetas de los poderosos. La cultura no es algo exótico, patrimonio de bibliotecas, círculos universitarios o eruditos que dominan ciertos códigos secretos. Si la cultura se aparta de lo humano, si pierde contacto con nuestra contingencia y no remueve nuestras estructuras, de poco nos sirve más que para hacer un bonito cadáver.

 

Por eso hacemos Valencia Negra, un pequeño granito de una montaña en la contribuyen muchos otros. Nos guían dos armas para ello, que en realidad van de la mano: por un lado la avidez por aprender, en lugar del ansia por enseñar al que no sabe; por otro, la humildad de reconocernos al principio de un camino demasiado largo, si somos capaces de mirar sin miopías autoimpuestas. Pero, cuando uno trabaja y ve el resultado, puede permitirse, por un par de días, pecar gozosamente en el orgullo. Orgullo de formar parte de este equipo, demasiado largo para ser nombrado, de recibir muestras de cariño del público, espectadores y colaboradores, de ver en sus caras ese sentimiento entusiasta que siempre hemos buscado; orgullo de haber conocido a un gran puñado de creadores despampanantes que han pasado por nuestro festival, de haberles proporcionado tarima, púlpito y micrófono; orgullo de haber puesto algunas bases para hablar, no de caducas etiquetas literarias, sino de perspectivas olvidadas, cuestiones sociales concretas, visiones de algunos expertos en nuestra realidad; orgullo de promover, remover, sugerir, mostrar, en definitiva, de acercar la mítica antorcha a nuestra sociedad, no para prenderle fuego (pues eso, ay, es demasiado fácil), sino para la alumbrar las zonas más oscuras.

 

En el fondo, eso es Valencia Negra. Y yo, como otros, estuve orgulloso de estar allí, del 6 al 15 de mayo. El próximo año amenazamos con regresar.
13221233_1006623686087358_2530383664786465194_o

Manías para 2016

Reconozco que soy un tipo de costumbres y manías. Tengo cientos de rituales para hacer cada cosa: si fuera Pau Gasol, botaría la pelota cinco veces antes de un tiro libre, pero antes me preocuparía de que las líneas de su superficie estuvieran perpendiculares a mis dedos. Si fuera Rafa Nadal, eligiría entre cinco bolas antes de cada saque, pero además me ajustaría el pantalón, pisaría la línea de fondo tres veces y me enjugaría el sudor que aún no me hubiera brotado. De mis rituales reales, los de escritura por ejemplo, mejor no doy detalles para no asustaros.

Men encanta el día de mi cumpleaños (5 de enero). Puedo decir sin dudar que es mi día favorito del año. Me siento literalmente como un niño, y no tiene nada que ver con los regalos (la cercanía a Reyes siempre los ha mermado) sino con ciclos que se abren y se cierran, con nuevas oportunidades que se muestran ante mi. Otros cumplien años como un lastre pero yo lo veo como una victoria. ¿Mi madre tiene 79 y por ello debería tenerle lástima, por ser vieja? Más bien al contrario, debería envidiar que ella ha podido vivir lo que yo aún debo ganarme.

Recuerdo (cómo olvidarlo) lo nefasto que fue 2014, por detalles que no merece la pena recordar. 2015 ha sido TODO lo contrario. Lo digo para aquellos que no hayáis pasado un buen año o que atraveséis un mal momento: las cosas pueden cambiar y, de hecho, cambian. Os lo digo yo.

FullSizeRender (11)Este año ha resultado tan intenso que me parece haber vivido varios en él. Empezó con la publicación de “La Ciudad de la memoria”, mi primera novela. También publiqué dos relatos míos en sendas antologías (en la foto).  Luego se han sucedido los actos literarios: he estado en nueve festivales, he presentado mi novela en seis ciudades adicionales, y en Valencia otra media docena de ocasiones, he estado en ferias del libro, he hecho rutas de Mejías, he empezado a dar clases de literatura y a colaborar en un programa de radio, he impartido cursos de Scrivener en Valencia y Barcelona, y de las reseñas y entrevistas mejor no hablo porque he perdido la cuenta. Y como gran final he conseguido terminar el borrador de mi segunda novela, lo que quiere decir que 2016 será el año de corregirla y publicarla.

En lo musical tampoco ha estado nada mal: he conocido a los estupendos tipos del club de fans de The Kinks, donde toqué un par de temas del glorioso Ray Davies. También mezclé blues, rock y poesía sobre el escenario de Granada Noir. Con Innerlands toqué más que nunca y recorrimos escenarios, teatros y castillos con el nuevo disco mezclado en mi estudio.

Además, en lo profesional se me abre un nuevo proyecto muy interesante del que aún no he dado detalles, pero para resumirlo diré que supone un cambio de sector y de paradigma, una aventura al polo sur que acaba contigo o te lleva a la gloria. Y tengo ganas de empezarla.

Lo mejor de todo es la gente que he conocido, y la que he conocido mejor. Es complicado citarlos aquí, y no lo haré, pero no me refiero solo a los escritores o editores con los que he podido hablar; también me llevo a los lectores, ese tipo de encuentro que para mí es nuevo, y a las personas detrás de cada una de ellas. El mundo no deja de ser algo sorprendente.

Sí, lo sé. A estas alturas a algunos les habrá ganado el bostezo. No soy cínico. No soy irónico. No soy rebelde. No escribo frases hilarantes para compartir por redes sociales. No creo polémica. Pero es que me interesan otras cosas, digámoslo así.

Como siempre, 2016 será un año de aprender. De escuchar. De llenar la jarra (eso es argot mío), para luego poder volcarla en mis procesos creativos. De hacer algo por ser menos ignorante y tener más que dar. Lo veremos este año. Ya llevo 43 en la mochila, y espero que cada vez mejor.

Os decía que soy un tipo de manías. Otra de ellas es que me entristece siempre la noche de Reyes. MUCHO. ¿Cómo que por qué? Ya os lo he dicho, mi cumpleaños es el mejor día del año y esa noche cruel se come mi día.

VIII Taller Presencial de Scrivener, software para escritores, en Valencia

Arranca el plazo para apuntaros a la octava edición de los talleres presenciales que imparto sobre Scrivener en Valencia (en esta ocasión en Bibliocafé, Poeta Durán y Tortajada, 20 Bajo-Entresuelo Valencia), los martes del mes de octubre. El curso consta de 4 sesiones de 2 horas de duración (de 19 a 21h).

Aprende a usar este software para escritores que cambiará para siempre tu manera de enfrentarte a la redacción de textos estructurados (novelas, tesis, ensayos, etc…)

Captura de pantalla 2014-04-15 08.37.31

¿A quén está dirigido?

A todos aquellos que escriban textos de cierta longitud, tanto literarios como académicos, y que os encontréis en cualquier estado de producción del mismo (texto terminado a falta de revisión, escritura en proceso, planificación de la estructura, o incluso antes de empezar). Si buscáis un software para escribir, documentaros, corregir y crear una estructura, Scrivener proporciona todo esto en un único programa. Para windows y mac. Ya traducido al español.

¿Cuáles son las condiciones?

El coste del curso es de 75€ por las 4 sesiones. Es muy recomendable traerse a clase un portátil. Se incluye asimismo un 25% de descuento en la adquisición del software (cuyo PVP sin descuento es de unos míseros 40$ americanos). 

¿Cuáles son los contenidos del curso?

Sesión 1 (martes, 6 de octubre): Fundamentos y filosofía del software. Cómo empezar. Importar un trabajo anterior. El binder/cuaderno. Nociones básicas sobre estructura narrativa.

Sesión 2 (martes, 13 de octubre): Dominar el editor de Scrivener. Datos asociados a los documentos. Organizar el texto en Scrivener. Documentación.

Sesión 3 (martes, 20 de octubre): Vistas de Scrivener. Personalizar el entorno. Búsquedas y colecciones.

Sesión 4 (martes, 27 de octubre): Metas y ayudas. Corregir con Scrivener. Compilar y publicar el texto definitivo.

Podéis apuntaros enviando un mail a info@bibliocafe.es 

De nuevo mi agradecimiento a la gente de Scrivener (la web de Literature&Latte), por su apoyo.

Los lugares sagrados y el disfraz de plañidero

Este final de verano nos ha golpeado con el anuncio del próximo cierre (3 de octubre) de la librería Negra y Criminal, el reconocido templo noir de nuestro país, situado en la pintoresca Barceloneta de la ciudad condal, un barrio con aroma a sal, a viejo y, sobre todo, a cosas auténticas. A ese tipo de cosas que van extinguiéndose en la niebla de los recuerdos como el pájaro dodó, los cuadernos Rubio y las películas de Humphrey Bogart.

11948242_10203250441220839_2020473066_n

A poco que uno conozca la comunidad noir y frecuente las redes sociales se habrá enterado del triste anuncio y, más aún, habrá comprobado la oleada de desolación en autores, editores, lectores y público en general. Nos dice el capo Camarasa que elgénero negro ya no es tan minoritario y que esas novelas se venden en todas partes, y que precisamente por eso los lectores (los que quedan) los compran en otros puestos de venta, y así ya no hay quien aguante el tirón. Se impone una reflexión porque, sin bien mientras que dura el duelo es necesario ejercerlo con orgullo, cuando nos quitemos los oscuros ropajes debemos mirarnos al espejo y preguntarnos si involuntariamente apoyamos esta desaparición, si pudimos hacer algo más; o si se trata de una nueva demostración del implacable progreso, ante la que solo queda claudicar.

Lo confieso, yo soy uno de esos autores que no ha impedido que sus libros se vendan en las grandes superficies ni en las librerías franquicia. Ni de los que se han negado a realizar presentaciones o actos de fomento de la lectura en ellas cuando me lo han propuesto. Tampoco tengo claro que esa sea la solución. Como tampoco tengo tan claro que ejercer de plañidero me vaya a devolver a Negra y Criminal. Creo que se puede vender una novela al gran público sin dañar a las más modestas y muy necesarias comunidades especializadas, pero también creo que hay que buscar nuevas fórmulas que eviten el olvido y la comodidad en el acto de compra. Me parece que, paradójicamente, los responsables de que la novela negra se convierta en moda y no en tendencia son los causantes de esto. Los que impulsan un producto para exprimir el beneficio en poco tiempoversus los que tratan de ilustrar, profundizar y evolucionar. Me refiero a los que lo impulsan y a los que se dejan impulsar, claro.

11165254_10204425452178352_540573531688788621_n

Yo estuve en Negra y Criminal tres veces, las mismas que visité Barcelona. La primera fue en la clausura de la Barcelona Negra del año pasado. Me lo habían explicado antes, pero nada pudo compararse con contemplar la calle de la Sal repleta, con aquella multitud literaria, bullanguera, ruidosa, todos con libros bajo el brazo, otros firmándolos, los más hablando de distintos proyectos, fue un espectáculo ante el que yo, como recién llegado a la comunidad noir desde la organización de Valencia Negra, no pude más que maravillarme y desear unirme algún día. Ese día llegó justo un año después, cuando en la última edición del festival barcelonés pude ser actor y no espectador de aquel fabuloso gentío de abrigos, bolsas de plástico, mejillones y sueños en el que se había convertido la puerta de la librería durante un par de horas.

La tercera y última vezque estuve en la librería fue hace poco más de tres meses, el 23 de mayo, cuando mi admirado Carlos Zanón y el mismo Paco Camarasa presentaron mi primera novela del detective Mejías, que precisamente habla desde la eterna nostalgia sobre las cosas que se pierden y que ya no vuelven a nosotros. Jamás olvidaré ese día, y las fotos de esta entrada corresponden precisamente a esos momentos: la presentación propiamente dicha, la foto con los libreros Montse y Paco, el ansiado momento de las firmas. Solo aquellos que han estado allí saben cómo Paco y Montse nos hacían sentir como en casa, cómo nos lo ponían tan fácil, cómo nos acogían en su guarida cuando afuera arreciaba una lluvia cortante como cuchillas.

¿Y ahora qué? Confieso que me cuesta digerirlo, como el balazo de una 22 en el estómago. Creo que Mejías, que ayer se metió para el coleto un par de Laphroaig que le ayudaran a pasar el trago, podría decirme algo al respecto, pues él sabe más de pérdidas, de fulgores que desaparecen en la oscuridad y de sueños rotos. Lo que pasa es que mi detective permanece mudo, y cada vez que intenta decirme algo le tiembla el labio inferior, y le digo que pare, que ya es suficiente.

11263023_10204423823977648_2814358920941722287_n

Lo llevo pensando un tiempo: a mi habitual desasosiego por mi mortalidad y el implacable paso del tiempo, se añade el hecho de entrar en una edad (quizás esto os suene a muchos), donde empiezan a desaparecer esas personas referentes que durante mi juventud me llevaron a ser quien soy, que me hicieron reír o llorar, o soñar, o luchar; los lugares que visité una y otra vez con el corazón roto o completamente feliz… Se me mueren mis ídolos, se me van mis refugios, se me escurre entre los dedos una parte de lo que soy, como sangre manando de una herida. Por eso creo que, tras el duelo necesario, debemos levantarnos de nuevo y abrazar a esos referentes, hablar con ellos, arrimar el hombro para que nuestros sagrados lugares (dejadme usar este adjetivo), esos que aún nos quedan, se mantengan en pié al menos un asalto más. Nos lo deben, y se lo debemos.

Porque no sé a vosotros, pero a mí el disfraz de plañidero me queda ridículo.

El polvoriento desván de nuestra memoria

     Era uno de los últimos días de febrero. Caminaba yo por la calle Luchana, en Madrid, tras visitar a una importante editorial y, mucho más importante, tras adquirir un par de tesoros en una histórica tienda de estilográficas, de esas que solo encuentras en la capital. Debía comer, y no conocía lugares por la zona, así que cuando llegué a la Glorieta de Bilbao y vi aquella puerta giratoria de otros tiempos no me lo pensé demasiado. A dos pasos de la entrada había un quiosco cuya oferta se desparramaba por la acera ofreciendo clásicos del cine negro a precio irrisorio, una señal más de que era el lugar adecuado.
11802195_10203080254286272_781263270_n
     Ese fue mi primer encuentro con el Café Comercial. Apareció como por arte de magia, brotando entre el asfalto surcado de vehículos y peatones. Entré maravillado en su salón, comí sobre sus mesas de mármol, me relajé en la presencia de otros solitarios que almorzaban, tomaban su café o simplemente leían, reflejados en su galería de espejos, estanterías de clásicos y columnas decimonónicas. Pensé, con optimismo provinciano, que en la capital habría 10, 20 o 30 de estos locales y no que se trataba del más ilustre café de antaño, con permiso del Café Gijón. Estrené mi pluma recién adquirida y diseñé una escena de mi nueva novela, maravillado por el hecho de poder hacerlo allí.
     Un mes más tarde tuve la suerte de volver a visitarlo, convertido en cuartel general de la Konvención de los Fans de The Kinks en España. Ahora no estaba solo; encontré un grupo maravilloso de personas que me mostraron la otra cara de los cafés; el lugar de encuentro donde compartir experiencias y trazar planes para dominar el mundo o para no sucumbir a él.
     Y el pasado lunes 27 de julio, este café que llevaba abierto desde 1887 ha cerrado sus puertas, poniendo en la calle a empleados de ajada chaqueta blanca que trabajaban allí más de 35 años, sin previo aviso, sin apenas explicación, y con la sombra de un suculento negocio en el horizonte. Con la sospecha de que aquella Glorieta de Bilbao, que durante casi 130 años fue refugio de paseantes y encuentro de amigos y tertulia, por donde pasaron Benito Pérez Galdós, Antonio Machado, Camilo José Cela, Jardel Poncela y tantos otros, se convierta en un McDonalds, en un Zara o en algo peor. Y que lo olvidemos, o aún más terrible, que termine relegado a ese polvoriento desván de nuestra memoria colectiva, donde dejamos aquello que ni nos preocupa, ni nos inquieta, ni nos hace daño.
     Que lo aceptemos como una representación más de esto que hemos dado en denominar progreso y a lo que consagramos, quien más y quien menos, nuestra vida con fervor religioso.
cafe comercial

Es hora de merecerlo

     De merecerlo. Sí.
     Tanta energía empleamos en la queja, en lo desabrido, en la crítica. Los españoles nos activamos de cero a cien si hay algún enemigo al que abatir, si han hecho daño a uno de los nuestros, si los de siempre hicieron lo que hicieron como nunca…
     Y sin embargo, no somos tan voluntariosos en la construcción, en tender puentes que nos lleven de isla en isla, cosiendo retazos de lo que somos para demostrar que dos más dos no son cuatro, sino algo más. Eso nos cuesta tanto.
11297879_10202841519518052_1969513571_n     Por eso es de justicia destacar la labor de algunos grupos que emplean sus fuerzas en la construcción y que no son precisamente tibios, ni precisamente blandos. Hablo de la reciente iniciativa ciudadana Acción Cívica, cuyo presidente es Antonio Penadés, y que se empeña en poner las cosas en su sitio, y en darnos una lección de trabajo bien hecho.
     Es reciente su labor como acusación popular en el caso Blasco, pero solo se trata de un pequeño (gran) paso en el camino. El pasado lunes 8 de junio, Acción Cívica se presentó a lo grande en La Rambleta, con el documental «La Corrupción, el organismo nocivo» de la productora Pandora Box, y un posterior coloquio con el propio Antonio Penadés, el fiscal Vicente Torres y el interventor Joan Llinares.
     En ambos asaltos se procedió de la forma más elegante y adecuada que haya visto en los últimos tiempos en esta gastada piel de toro: sin ajustes de cuentas, sin etiquetar opciones ideológicas, sin embadurnar lo esencial con siglas de partidos políticos, que nos acaban metiendo en una u otra trinchera. Llamando al pan pan, al vino vino, y a lo que no debe ser tolerado con una claridad meridiana desprovista del lógico apasionamiento, con un mensaje que llega a todos los ciudadanos. Ninguno queremos la corrupción; ninguno podemos tolerar el maltrato de nuestras instituciones, ni de aquellos que lo denuncian (héroes humildes sin pretenderlo), ni de aquellos que lo sufren. Eliminando estas malditas etiquetas ideológicas acabamos pisando un terreno común que los partidos pretenden hurtarnos, que el sistema de continua campaña electoral de nuestro país contamina cada día sin descanso. Bien hecho por Acción Cívica y su discurso para todos, y bien hecho por la productora Pandorabox.

11292831_10202841519598054_1897223960_n

Acción Cívica tiene un listado de socios destacados «por su relevancia social y su calidad humana» (http://accion-civica.org/socios-destacados/) y, por alguna razón inexplicable, ha decidido incluirme en este selecto club, al cual me va a llevar toda toda la vida merecer dicha pertenencia. Por eso, ahora pienso: iniciativas como PandoraBox y Acción Cívica han dado ese paso al vacío de atreverse a construir, a denunciar, a crecer, todo eso a la vez. Ahora es nuestro turno de merecer a estos grupos de nuestra comunidad. Ahora es el momento de mojarse, de empaparse de este espíritu, no ya democrático, sino ciudadano, humano. Como los antiguos atenienses, se espera de nosotros estar a la altura de estos tiempos aciagos.

    Yo digo que es hora de merecerlo.